Lo imposible de la Salud Mental

Tal como señala en su texto para la web Carolina Tarrida1 hay que estar advertido de la impregnación que tiene el discurso de la Salud Mental con sus ideales, en todos los dispositivos de atención. “Estar impregnado” me parece da perfecta cuenta de lo que ocurre en muchas de las Instituciones que se orientan por la exigencia del discurso dominante de la salud mental. Probablemente la medicalización de la infancia sea uno de sus peores efectos.

¿De qué está impregnado el discurso de la Salud Mental?

1. La ferocidad diagnóstica. La prevalencia del trastorno determinado por la presentación sintomática ensombrece y obstaculiza la formación del síntoma, lo que a la vez impide la producción de un sentido sobre lo que al sujeto le ocurre. Una presentación que no puede dar cuenta de nada más que de la fenomenología de un síntoma, y que produce la inmediata inclusión del sujeto en un diagnóstico. De lo que se sigue la introducción del fármaco, con sus más variadas combinaciones en cuanto a tipo o dosis en función de nuevas presentaciones sintomáticas.

2. Formas de tratamiento de los síntomas. Ocurre que, con ciertas formas actuales de presentación de los síntomas (adicciones, anorexias, conductas disruptivas…) en las que los circuitos pulsionales se infinitizan y se tiene la impresión de que la intervención no mejora en absoluto el estado de los pacientes, la responsabilidad de lo que les ocurre se reduce o bien a su culpabilización o bien en el polo opuesto a la victimización. Se constata a veces que ciertas formas de intervención esconden un rechazo a lo que le ocurre al sujeto, en el supuesto o bien de que goza de ello o bien por lo insoportable de lo que le retorna al profesional. A menudo se observa que algunas intervenciones se caracterizan por el odio al síntoma, creo que ello es muy claro en la clínica de la anorexia como lo es también en los casos de conductas disruptivas por ejemplo en la escuela.

3. “La clínica de la sospecha” referencia que encontré en el texto de Miller “La transferencia negativa”2. En él se presenta el resultado de un trabajo de investigación de un grupo de psicoanalistas que trabajan en una Institución. Lo que plantean es que dado que el trabajo que en ella se realiza responde a la definición de la OMS de la salud como el estado óptimo de bienestar, se introduce la sospecha en el punto en que el profesional tratando de responder a esta demanda, que deviene un reto imposible retorna en él como síntoma que produce una inquietud creciente y finalmente una indefinición de cuál es la actitud que el profesional debe tener. Es lo que le permite a Miller afirmar que, si los trabajadores aceptan ser portadores de estos ideales contemporáneos, son sospechosos de no responder a eso que se pretende, y que es a causa de ello que generan una transferencia negativa.

4. Las urgencias. A menudo la urgencia se presenta en la Institución no sólo como la del sujeto que consulta sino la de todos los que de un modo u otro intervienen con el paciente, (los médicos, la escuela, los servicios sociales…) tal como señala Susana Brignoni3 en el texto de orientación del eje, se revela entonces como una urgencia generalizada. Se generaliza de este modo la idea del trauma y se diseñan intervenciones protocolizadas, urgentes. Existe en la actualidad un protocolo en los Institutos, llamado Código riesgo suicida que explica cuáles son las conductas o dichos de un chico a detectar, pasibles de determinar que está en riesgo de sustraerse la vida. Lo que pareciera es imposible de protocolizar deviene protocolo que a la vez determina la imposibilidad de escuchar lo que un chico con su malestar trae.

La urgencia subjetiva es sólo posible de ser localizada en la medida en que se autorice un lugar analítico. Es este lugar que Miller llama Lugar Alfa4, que no es un lugar de escucha sino de respuesta porque supone una operación del analista que revela el parloteo del sujeto como conteniendo un tesoro. Mutación que precisa del dispositivo de la transferencia que permite al acontecimiento interpretativo tener lugar.

¿Qué orientación entonces?

Zenoni en su conferencia “Orientación psicoanalítica en la Institución Psiquiátrica”5 señala que es necesario que los psicoanalistas intervengan en las prácticas institucionales y sociales, en la política de la salud mental en un momento en el que el discurso de la ciencia está a punto de fagocitar la práctica psiquiátrica como tal. Las oposiciones que describe entre el psicoanálisis y el trabajo en la Institución es lo que lo lleva a establecer el debate sobre cual debe ser el lugar del psicoanalista en la Institución. Entonces a la cuestión sobre si es posible introducir la pregunta por la subjetividad en una Institución donde los discursos que la atraviesan están inscriptos en el campo médico social, el autor responde que no se trata de saber si el psicoanálisis puede tener un lugar entre esas prácticas, sino de que estas puedan ser ejercidas teniendo en cuenta sus hipótesis, lo que supone una orientación del trabajo que es compartida por todos.

Una interrogación se mantiene para mí, de qué modo se introduce una transferencia por el psicoanálisis, ¿cuál o cuáles son las operaciones para que ello devenga posible? ¿Cómo se puede incluir algo del discurso sin que produzca un rechazo que lo llevaría a su eyección?

maridulos@yahoo.es

Dolors Arasanz es miembro de la ELP y AMP.

 

Notas:

  1. Tarrida, Carolina. “La importancia del detalle”. Jornadas ELP, 14 de octubre, 2024.
  2. Miller, Jacques-Alain. La transferencia negativa. Tres Haches, Buenos Aires, 2000.
  3. Brignoni, Susana. “Urgencias subjetivas en instituciones”. Jornadas ELP, 17 de mayo, 2024.
  4. Miller, Jacques-Alain. “Hacia Pipol 4”, Freudiana nº 52, ELP, Barcelona, enero/abril 2018.
  5. Zenoni, Alfredo. “Orientación analítica en la Institución”, Cuadernos de Psicoanálisis, nº 27, Ediciones Eolia, Bilbao, 2003.