Estructuras clínicas y soluciones singulares

Freud definió el síntoma como subrogado de una satisfacción rechazada, por eso para él, la dirección de la cura consistía en restituir a la conciencia el ser de ese deseo. Pero se encontró con dos obstáculos: la “reacción terapéutica negativa” – en la que el sujeto se aferra a la satisfacción que le aporta el síntoma – y los “restos sintomáticos” – que resisten a los efectos de la interpretación. Eso lo condujo al concepto de “pulsión de muerte” y al descubrimiento de las “resistencias del ello” y “del superyó”, además de las del yo.

Este goce irreductible se le presentó así porque – como señaló Lacan – Freud analizaba a partir de una posición paterna, es decir, de un deseo de que todo el goce sea lavado por la castración que implica la palabra. De ahí que lo real siempre aparezca como negatividad.

La perspectiva introducida por Lacan con la clínica del sinthome no invalida el trabajo de desciframiento del síntoma, pero apunta a otra cosa: a un cambio en la manera de afrontar ese “resto” opaco al sentido, abriendo así la posibilidad de hacer con él otra cosa que no sea encerrarlo en el goce fálico del fantasma1.

Por eso Lacan se interesó por Joyce, según Miller. Lo hizo porque en la obra de Joyce no hay un inconsciente a descifrar sino un goce de la letra que destruye todo sentido. De ahí que su obra no resuene en nuestro inconsciente y nos provoque más extrañeza que satisfacción.

De modo que Joyce – el desabonado del inconsciente – le sirve a Lacan para entender qué pasa con ese goce fuera de sentido en los sujetos que no están desabonados del inconsciente, sino que están enredados en sus laberintos. Así invierte la perspectiva del psicoanálisis, poniendo como principio orientador aquello que Freud encontró como un resto final: el goce producido por el significante sobre el cuerpo antes de que ese significante se encadene con otros para producir sentido.

Y aquí se inscriben las primeras respuestas del parlêtre cuando debe afrontar ese goce que lo perturba. El goce de lalangue ya es una actividad que responde al encuentro traumático con el significante del deseo del Otro. Y Lacan lo explica de una manera muy poética diciendo: “El hecho de que un niño diga quizá, todavía no, antes de que sea capaz de construir verdaderamente una frase, prueba que hay algo en él, una criba que se atraviesa, a través de la cual el agua del lenguaje llega a dejar algo tras su paso, algunos detritos con los que jugará, con los que le será muy necesario arreglárselas. Es eso lo que le deja toda esa actividad no reflexiva – los añicos a los cuales, más tarde, pues es un prematuro, se le agregarán los problemas de lo que lo espantará. Gracias a esto hará la coalescencia, por así decirlo, de esa realidad sexual y del lenguaje”2.

Es de destacar que Lacan introduce un efecto retroactivo, en tanto esos detritos con los que el pequeño juega – en un goce de lalengua anterior al lenguaje – son lo que luego lo espantará, cuando hagan coalescencia con la realidad sexual.

Hay coalescencia cuando dos materiales se funden en uno, como cuando dos tejidos se unen en una cicatriz. Y eso es lo que pasa con esos significantes sueltos con los que el niño goza y que luego se asocian a lo que lo espanta, es decir, la realidad sexual irrepresentable.

Lacan aclara que se refiere a eso cuando habla de “la significación del falo”, que designa “la relación con lo real” y no el sentido. Por tanto, el falo realiza la coalescencia del significante y lo real, ese goce que -como dice Lacan- haría falta que no fuera para que hubiera relación sexual.

Si tenemos en cuanta todo lo dicho, vemos que en la clínica del sinthôme el diagnóstico diferencial cambia de lugar. No se puede decir que no tenga ninguna función, puesto que es indispensable para orientar la cura, pero el trabajo analítico no apunta a las particularidades que un sujeto pueda compartir con otros de su misma clase diagnóstica, sino a desprender lo más singular e incomparable de su goce, es decir, los significantes contingentes que lo marcaron, antes de que ese goce perturbador se vistiera con las identificaciones que lo alienan al Otro.

Desde este punto de vista, el análisis de cualquier sujeto apunta a la diferencia absoluta, ahí donde ningún ser hablante se parece a otro; y por lo tanto está más allá de las clases diagnósticas y de las curas estándar. Se trata entonces de una práctica que, apoyándose en la transferencia, pone en acto y revela lo inclasificable del goce del ser hablante.

De modo que, igual que no hay tratamientos estándar, tampoco hay soluciones estándar, sino sólo invenciones singulares. Sea cual sea el diagnóstico estructural, de lo que se trata es de que el analizante invente -dentro de las posibilidades de su estructura- una manera de gozar que integre ese goce para el que está destinado. Se puede afirmar entonces que lo que finalmente orienta al parlêtre es el sinthome, tanto en los casos en que el Nombre del Padre está forcluído como en los en que, gracias a un análisis llevado hasta el final, no es más que un significante cualquiera.

jorgesosamenoni@gmail.com

Jorge Sosa es miembro de la ELP y la AMP.

 

Notas:

  1. Miller, Jacques-Alain. “Capítulo V, Clínica del sinthôme”, Sutilezas analíticas. Paidós, Buenos Aires, 2011, p. 83.
  2. Lacan, Jacques, “Conferencia de Ginebra sobre el síntoma”, Intervenciones y textos 2, Manantial, Buenos Aires, 198, pp. 119-120.