Psicopatología de la vida infantil

Freud nos ha enseñado sobre la importancia que se debe dar a aquellos detalles, aparentemente nimios, de la vida diaria –como los sueños, los lapsus, los olvidos- en tanto indicios que permiten entrever la existencia de una dimensión subjetiva que contraviene el cogito cartesiano: el sujeto es allí donde no piensa. Sin embargo, su Psicopatología de la vida cotidiana1 encuentra hoy un desdoblamiento entre el mundo de la niñez y la adultez. Desde hace varios años, ha hecho su aparición en el campo de la infancia un fenómeno que se ubica en el reverso de lo que ocurre en el de la vida adulta, blindado por el discurso sobre la despatologización y la ideología del be yourself. La extensión y difusión que ha alcanzado el uso de los manuales diagnósticos ha colaborado en la construcción de un supuesto saber sobre el malestar que afecta al sujeto contemporáneo, en especial, en el caso de la infancia. Basta trabajar con niños para chocar con el impacto que produce el alud de diagnósticos -y su consecuente medicalización- provenientes de ámbitos múltiples y diversos, tales como la familia, los pediatras y hasta los referentes educativos. Esto responde, en parte, a la angustia que provoca en los adultos el estatuto enigmático del niño indómito cuando se revela la dimensión real que muestra en su vertiente de objeto2. El poder del discurso que se teje en torno al niño tendrá una función capital respecto a cómo él se insertará en la trama simbólica del Otro, momento de captura en el código, cuando el sujeto queda “sepultado bajo los significantes del Otro3.

En los dispositivos de atención precoz estamos encontrándonos con los efectos de los niños nacidos en confinamiento o que sus primeros años de vida transcurrieron atravesados por la pandemia. Cada vez es más patente el encuentro con sujetos o bien desbordados por un exceso presente en el cuerpo –bajo la rúbrica de “regulativos”-, o bien apáticos y desenganchados del Otro; en ambos casos, en cortocircuito con el lazo social. Las presentaciones de conductas impulsivas, agresivas, se corresponden con sujetos con una inquietud en el cuerpo que les hace deambular por el espacio sin punto de anclaje. Ya Freud en su conferencia sobre La angustia señalaba la importancia de la motricidad como respuesta frente a la angustia que anida en el cuerpo4. Es la angustia, anudada a la pulsión, la que empuja en lo corporal al desplazamiento y la descarga, para encontrar así una forma de tratamiento a eso que no llega a la palabra. En su lugar, como señalaba Enric Berenguer en la última sesión del SCF en Barcelona5, se ofrece el significante de Trastorno de hiperactividad que viene a elidir la pregunta por el sujeto.

Por otro lado, el auge del diagnóstico TEA, convertido en una epidemia, resulta el principal recurso que opera como tapón al interrogante por aquellos niños que se presentan más “desconectados”, un tanto desenganchados del Otro o en una alienación postergada.

Ahora bien, la cuestión central en todo tratamiento posible con la niñez se ubica en la diferenciación a producir –y transmitir- entre el síntoma y la estructura, trabajo arduo que corresponde deslindar en el trabajo con cada sujeto. Los síntomas pueden ser variados, e incluso compartidos a nivel clínico por diferentes estructuras, como es el caso de la angustia. El síntoma es el arreglo que el niño está en vías de construir, un modo de tratar la exterioridad del goce opaco que le invade, cuando no cuenta aún con el recurso de la palabra y, en ocasiones, tampoco con el de la imagen ilusoria de su cuerpo unificado. Sin embargo, permite la entrada en una circulación posible -en algunos casos- por el campo del Otro. Como nos recuerda Miller, “el lazo social es el síntoma6.

La clínica actual con niños muestra una pluralidad de presentaciones donde no es seguro orientarse tan solo por la vía estructural. Es tan variopinta que nos obliga, en el momento donde nos encontramos, a hacer un esfuerzo de investigación serio y riguroso, no solo para diagnosticar, sino fundamentalmente, para formalizar cuál es en cada caso el funcionamiento específico del sujeto con el que tratamos: a qué real se enfrenta, qué defensa está construyendo frente a éste. Y cómo va montando ese bricolaje en relación a un discurso contemporáneo que, lejos de hacerle un lugar, rechaza su particularidad irreductible al fijarlo en un diagnóstico que lo congela.

luciaicardi@gmail.com
Lucía Icardi es socia de la sede de Barcelona de la Comunidad de Catalunya de la ELP.

 

Notas:

  1. Freud, Sigmund. Psicopatología de la vida cotidiana, vol. VI. Amorrortu, Buenos Aires, 2012.
  2. Lacan, Jacques. “Nota sobre el niño”, Otros escritos. Paidós, Buenos Aires, 2016, p. 394.
  3. Miller, Jacques Alain. “Interpretar al niño”, Carretel número 12, Revista de la Nueva Red CEREDA. Bilbao, 2004.
  4. Freud, Sigmund. Conferencias de introducción al psicoanálisis (parte III), vol. XVI. Amorrortu, Buenos Aires, 2021, p. 359.
  5. Sesión impartida el 18/05/2024 en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona.
  6. Miller, Jacques Alain. Los inclasificables de la clínica psicoanalítica. Paidós, Buenos Aires, 1999, p. 347.