No hay entrada sin división
En su Conferencia en Ginebra de 19751, Lacan explicita lo que podríamos llamar “un uso adecuado del diván”. Adecuado a la ética analítica en el momento del inicio de un análisis. Propone llamar “analizante” a la persona que demanda un análisis y dice lo siguiente:
“Lo que quería decir era que en el análisis, la que trabaja es la persona que llega verdaderamente a dar forma a una demanda de análisis. A condición de que ustedes no la hayan colocado de inmediato en el diván, caso en el cual la cosa está ya arruinada.”
Que quede “arruinada” parece algo extremo, no obstante, da cuenta de la importancia que Lacan da a la implicación del sujeto en su propia experiencia. Analizarse no es sólo descargar los afectos reprimidos, en el sentido de la abreacción catártica que Freud recoge de Joseph Breuer, en cuyo caso no se diferencia de una confesión hecha a un sacerdote o a un amigo. O dados otros casos, cuando Lacan decía que si alguien le pedía un análisis “para conocerse”, simplemente lo despedía.
A renglón seguido, Lacan continúa así: “Es indispensable que esa demanda verdaderamente haya adquirido forma antes de que la acuesten”. El acento que pone en lo que sigue hablando del analizante como “el que trabaja”, da la pista de lo que constituye el “dar forma a la demanda”. Se trata de dar forma a la demanda, no a la persona, pues “el analizante no es alguien a quien ustedes deban moldear”2.
“Dar forma” no tiene aquí el sentido artesanal del moldeado, diría más bien que tiene el sentido jurídico de “la forma”. En un sentido amplio en el lenguaje jurídico hay siempre una valoración de exigencia formal, en el que “la forma” consiste en cualquiera de los medios mediante los cuales se exteriorizan o formulan las declaraciones jurídicas de la voluntad o el consentimiento, ateniéndose a las solemnidades legales, para que tenga una validez de acto jurídico.
No obstante, en nuestro campo se da una inversión temporal entre forma y acto. El acto, en tanto analítico, no es el resultado de la formalización, es su provocación, está en su inicio. Es el acto de Freud, que Lacan retoma en La dirección de la cura, “[Freud] empieza por introducir al paciente a una primera ubicación de su posición en lo real, aunque ello hubiese de arrastrar una precipitación, no tengamos miedo de decir una sistematización de los síntomas (…) cuando obliga a Dora a comprobar que ese gran desorden del mundo de su padre, cuyos perjuicios son el objeto de su reclamación, ella misma ha hecho más que participar en él, que se ha convertido en su engranaje y que no hubiera podido proseguir sin su complacencia”3.
Este acto que el analista realiza en el inicio de una transferencia incipiente, centrada en la persona del analista, en tanto soporte de la interpretación, ha de poder producir ese pasaje del alma bella a lo que Lacan llama una rectificación en su posición subjetiva. Instituyendo así el sujeto supuesto saber en tanto saber inconsciente.
Ese acto dice Lacan: “está al alcance de cada entrada en un psicoanálisis. Digamos primero: el acto (a secas) acontece por un decir, a partir del cual el sujeto cambia”4.
J.-A. Miller, en Respuestas de lo real, habla de “presupuesto de partida”, que podríamos bien tomar como el costo preestablecido de lo que se ha de pagar por la realización de este trabajo que el analizante trabajador ha de realizar.
Es este decir del analista, su interpretación, el que produce un cambio: de la persona que se queja al sujeto que reconoce en sí un saber que actúa más allá de él mismo. Aunque Lacan insiste: “Andar no es un acto sólo porque se diga “eso anda”, o incluso “andemos”, sino porque hace que “yo llego allí” se verifique en él”5.
La cosa no anda sólo porque el sujeto continúe hablando, el efecto de la interpretación ha de ser verificado. Para que hablemos de sujeto en análisis se ha de verificar una división en el que habla, “que lo que él dice está en relación con un ‘saber que lo supera’ y que transita por él. Un saber del que él no sabe dónde se encuentra en lo que dice”6.
Esto es que, de una posición yoica, el hablante pase, el término de pasaje verifica el acto, a la indeterminación en tanto sujeto del inconsciente.
No obstante, este presupuesto de entrada no es sino sólo el primero. Dado el carácter pulsátil del inconsciente que hace de cada apertura un cierre inmediato, el deseo del analista ha de asegurar que su acto sostenga su orientación a lo real durante el transcurso de la experiencia.
Dicho así, transferencia e interpretación están en conexión constante. Una conexión que hace que la interpretación sólo pueda ser eficaz si cuenta con la transferencia como soporte. Fuera de la cual se convierte en salvaje, se vuelve ofensiva y transmuta en odio toda palabra proferida. Es lo que una analizante explica sobre el por qué ha dejado a su terapeuta, cuando al hablar de sus dificultades matrimoniales, la psicóloga pregunta si no ha pensado en separarse, abortando cualquier elaboración posible.
Myriam Chang es miembro de la ELP y de la AMP.
Notas:
- Lacan, Jacques. “Conferencia en Ginebra”. Intervenciones y textos 2, Ed. Manantial, 1988, Buenos Aires, p. 119. ↑
- Ibid. ↑
- Lacan, Jacques. “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Escritos 2, Siglo XXI, 1975, México, p. 576. ↑
- Lacan, Jacques. “El acto psicoanalítico”. Otros escritos, Ed. Paidós, 2012, Buenos Aires, p. 395. ↑
- Ibid. ↑
- Miller, Jacques-Alain. Respuestas de lo real. Ed. Paidós, 2024, Argentina, p. 96. ↑