Entradas en análisis y adolescentes
Las quejas infantiles llevan la marca de demandar algo a un Otro: su intervención. También la marca de su deseo de ser reconocidos como ya mayores. El niño-mascota de nuestro tiempo, (indistinguible de esos animales que son observados, adulados, acariciados, paseados, el freudiano his majesty the baby) no se hace escuchar lo suficiente ante el manto de miel con que le obsequian. Vive en la autosuficiencia y el esplendor de su confort, sin embargo, muestra en nuestra época ser parte de un escenario de anticipación a la entrada en el mundo de la adolescencia.
Ocurre que no desea abandonar del todo los beneficios del mundo infantil, simplemente la pose adolescente, sus velos y sus gadgets. Cuando estos adolescentes o preadolescentes de 12-13 años son conducidos por sus parientes al analista no es siempre con su agrado, y no es difícil constatar que no manifiestan ningún síntoma, más bien su estupor. ¡Qué diferentes estos niños de los años veinte del siglo XXI que los niños de los años ochenta del siglo XX!
Se precisa hoy un trabajo extra por parte del analista para lograr ganarse un analizante de pleno derecho, mucho más si no se presta a ser un pedagogo más, un orientador vendedor amable de pautas. Nuestra hipótesis, inmersos en la orientación lacaniana, parte de una concepción de la familia en términos de reparto de funciones simbólicas y de constatar cómo se han subjetivado por cada púber.
Es por eso que en las entrevistas preliminares con un adolescente recorremos con él un circuito que nos lleva a verificar su interiorización del superyo, su modo de regular el goce, sus identificaciones, el lugar de su sentimiento de culpa, su margen narcisista, su severidad agresiva o sus formaciones del inconsciente. Acostumbro a cuidar de interesarme por su sentido del humor y su tipo de humor, lo que aporta un saber acerca de lo que puede tolerar y lo que puede olvidar. Pero cómo pasar de escuchar su queja, cuando la hay, y cómo construir un síntoma.
Hay ocasiones, en que una entrevista preliminar da paso, sin solución de continuidad, a una primera sesión de análisis. Parece tan inmediato como el fenómeno infantil del paso de lo impúdico al pudor, que acontece de súbito ante el primer fenómeno de angustia producido por la mirada intrusiva de un adulto. Si de una entrevista preliminar podemos colegir que hemos pasado a una primera sesión de análisis es porque el propio adolescente nos narra un episodio reciente donde se demuestra que ha protagonizado un acto con consecuencias y no una acción más.
Debemos percibir si ya se dirige a un sujeto-supuesto-saber, no en la serie de los personajes pedagógicos de su vida, y si lo hace de manera amorosa, en un amor distinto al que vive con sus Otros primordiales, lo que llamamos transferencia. Al principio, transferencia negativa, nudo inaugural del drama analítico, por la de-suposición de saber, hoy de gran actualidad, en el saber supuestamente al alcance de todos los que ven TikTok. Y tras una interpretación inicial, transferencia positiva.
Propiciar la construcción a dos de un síntoma requiere el uso de un marco diferente al habitual (experiencia químicamente pura la analítica). La diferencia para propiciar la atmósfera que dé paso a la entrada en análisis requiere de dichos, palabras, gestos, maneras de conducir la conversación, silencios, a la medida del adolescente, y de su singularidad.
Pero también de un marco donde el analista no sólo opere como un sujeto, sino también como un objeto, a ser posible a la medida de cada adolescente, para causar su deseo de entrar en análisis. Y hay que verificar el efecto de ese teatro en la entrada en análisis, cuyas manifestaciones serán que puede aceptar reducir goce, puede aceptar separarse como objeto de sus Otros primordiales, puede enunciar mejor su parte de responsabilidad en los desastres de que se queja. Narrará en una entrevista preliminar que ha tomado la decisión del cuidado de sí, que ha decidido decir no a una demanda intolerable de algún compañero, que ha decidido separarse de un grupo, que ha comenzado a abrir los libros, que se está replanteando su auténtica orientación sexual, que ha dicho que no a un pedido ilegal de un adulto, que ha hecho frente a un acoso, que abandona una banda, que puede permitirse el éxito deportivo o que finalmente puede aplazar el goce de los que fracasan al triunfar. Y cuando explica ese concreto detalle al analista entonces ya no hay que dejarle por un tiempo que no pierda ocasión de efectuarse las buenas preguntas, antes que esperar las mediocres respuestas pedagógicas. En la muda adolescente, en la delicada transición, vivirla acompañado de un analista garantiza buenos efectos de estilo.
La entrada de análisis de un adolescente se determina en relación a su posición subjetiva de comprender la causa que le lleva a sus actitudes, a sus repeticiones, a sus riesgos o adicciones. Ahí podemos sintomatizarle, esto es, hacerle interesar por la causa de su síntoma.
Fernando Martín Aduriz es miembro de la ELP y de la AMP.