Objetar la pulsión de muerte

El psicoanálisis, desde la perspectiva de Sigmund Freud y Jacques Lacan, anuda ética, tragedia y pulsión de muerte. La experiencia trágica, despojada de las veleidades del sentimentalismo, es un escenario donde se expresa la dimensión ética del psicoanálisis, en tanto que la pulsión de muerte se erige como una fuerza que desborda los límites de la subjetividad. Para Lacan, “la tragedia es la manifestación más alta de la ética psicoanalítica”1.

La tragedia es tomada como un espacio donde se revela la tensión fundamental y fecunda entre Eros y Tanathos. “La pulsión de muerte es la fuerza destructiva que atraviesa todo el ser humano y que se opone a la pulsión de vida, al Eros. Pero, a la vez, es la fuerza que hace posible la creación y la renovación”2. Desde esta perspectiva, la tragedia es el escenario donde se despliega la tensión que da cuenta de la complejidad de la subjetividad y de las elecciones singulares de cada ser hablante, la pulsión de muerte se erige como la línea de fuerza que remite a lo real, y la ética del psicoanálisis como la objeción existencial a la pulsión de muerte. “La ética del psicoanálisis se funda en la relación con lo real, que es precisamente lo que la pulsión de muerte nos revela”3.

La última película de Pedro Almodóvar, La habitación de al lado, Premio Donostia del Festival de cine de San Sebastián 2024 y León de Oro en el Festival de Venecia, es una adaptación de la novela ¿Cuál es tu tormento?, de Sigrid Nunez. El título se inspira en la cita de la filósofa Simone Weil que abre la novela: “La plenitud del amor al prójimo estriba simplemente en ser capaz de preguntar: ¿Cuál es tu tormento?”

No he podido encontrar la referencia precisa de una de las recientes ruedas de prensa que el cineasta ha dado sobre el film, pero retuve algo que me resultó particularmente interesante desde la perspectiva de esta ética trágica en la que se sustenta el discurso y la experiencia analítica. Afirma Almodóvar que la contención de la que testimonia el film fue un gran reto para él, tan barroco a su hora de contar historias. El estilo contenido ha supuesto una depuración.

Asistimos al relato de una mujer que agoniza en un mundo agonizante, no hay ni melodrama ni sentimentalismo gratuito. Me cautivó especialmente una frase de una de las protagonistas, la que encarna la actriz Julianne Moore. Ella afirma, vuelvo a citar desde las huellas de la memoria, que la cuestión no es evitar la insoslayable tragedia de la vida, sino tener presente que hay muchas maneras de habitar la tragedia. Soy de las que suscriben que casi siempre es mejor la novela que la película, no es este el caso. La sobriedad del film termina por superar a la novela.

Forma parte de nuestra tarea escuchar el tormento de quien viene a contárnoslo. No lo hacemos por amor al prójimo (precisamente el psicoanálisis inaugura la posibilidad de un nuevo amor, lo que sería motivo para otro comentario que no haremos hoy), sino por un deseo que no es puro, un deseo que pasa por conducir al otro a su real. Nuestra escucha tampoco es incondicional, y en las entrevistas preliminares debemos realizar algunas verificaciones. Estas verificaciones incluyen el diagnóstico diferencial y, lo que me interesa subrayar ahora, es que dicho diagnóstico diferencial no solo incluye rastrear del modo más nítido posible la estructura clínica y el tipo de anudamiento subjetivo para así orientar la dirección de la cura. Lo que es imprescindible para verificar las condiciones de posibilidad de inicio del tratamiento, es la posición ética del candidato a analizante. En efecto, cuando nos referimos a la ética del psicoanálisis solemos pensar inmediatamente a la que nos compete como analistas, pero no es solamente esto lo que está en juego. Lo que avala al analizante como tal es algo que en el dispositivo debe ser compartido por analista y analizante, y es la objeción a la pulsión de muerte. “La pulsión de muerte es una dimensión constitutiva de la subjetividad humana, que se manifiesta en la relación con lo real y que es lo que da su sentido a la ética del psicoanálisis”4.

Alguien puede presentarse con las peores cartas, el mayor sufrimiento, la mejor disposición al trabajo, pero ello no bastará. Lo que realmente cuenta es la posición objetora de no rendirse a esa inclinación inevitable hacia la muerte que a todos nos concierne, he aquí la ética trágica del psicoanálisis. Es trágica porque parte de una imposibilidad como motor de su acción y está atravesada por un incurable frente al cual, sin embargo, ponemos como condición para tomar a alguien en análisis no rendirse ni fascinarse por él. Se admite, eso sí, flaquear, muchas veces, pero no renunciar. Solo bajo esta condición podemos prestarnos a que se haga uso de nuestra función en la construcción del invento singular con el que habitar la tragedia, cobijando así lo vivo de la existencia.

montblanc@cop.es

Paloma Blanco Díaz es Miembro de la ELP y de la AMP.

 

Notas:

  1. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 7, La Ética del Psicoanálisis. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1988, p. 112.
  2. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Editorial Paidós, Barcelona, 1987, p. 59.
  3. Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 7, La Ética del psicoanálisis. Op.cit., p. 80.
  4. Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 7, La Ética del psicoanálisis. Op.cit., p. 65.