Sintonizar el síntoma
Las entrevistas preliminares son un recorrido previo e imprescindible que va del malestar al síntoma que permitiría la entrada en análisis. En esta ocasión, me interesa desarrollar lo que comporta este camino, a partir del seminario Aun1 de Jacques Lacan, en el punto en el que nos dice que en el discurso analítico se trata de lo que se lee en el decir del sujeto, en su decir cualquier cosa, incluso necedades frente a las cuales no vacilar2.
Se trata de una cuestión en la que se juegan tanto los fundamentos de nuestra práctica como las condiciones de su ejercicio.
1. El compromiso a decir necedades
Sorprende la seriedad con la que Lacan se refiere a las necedades. Dirá que es en ellas que nos encontramos con un nuevo sujeto, el del inconsciente. Incluso que es con ellas que se hace un análisis, a condición de aceptar las reglas del juego: que el sujeto se comprometa a decirlas sin pensar, sin vacilar y sin desdecirse; condición que hará posible extraer consecuencias de esos dichos3. Esto es necesario si partimos del hecho de que se “goza de un cuerpo que simboliza al Otro”4. Es ese goce, esa sustancia en ejercicio, la “dicho-mansión”5, aquello a lo que deberemos apuntar, entonces, de entrada.
En este sentido al inicio se tratará, por un lado, de ser soporte de un decir del sujeto que le permita ir levantando las barreras con las que se presenta: la racionalidad, la coherencia, la vergüenza, la aceptabilidad mundana, la demanda de reconocimiento, los espejismos narcisistas… Barreras en las que ya está en juego el goce del ciframiento. Pero apuntando también a aquello que silencia al hablar, a lo que discurre silenciosamente.
2. El inconsciente puede aprender a leer
En este despliegue de su decir irá emergiendo la forma en que el inconsciente lee, interpreta; sus atribuciones de sentido. Irá apareciendo el prisma con el que mira y vive la vida, la vida de la que se queja y que, sin saberlo, alimenta. Que alimenta, imputando al Otro un deseo que no debe defraudar, los términos endilgados, la herencia, las huellas imborrables, su destino… justificando ahí los azares que lo llevan a diestra y siniestra; aquello de lo que se queja.
Ir discurriendo por las volutas del sentido es ya una forma de acercarse al inconsciente, es incluso una operación necesaria que resulta quizás más compleja en los tiempos en que los sujetos se presentan aquejados del goce que los excede, sin atribuirles sentido.
Pero la apuesta del analista es que el inconsciente puede aprender a leer. Aprender a leer en lo que el sujeto enuncia como significante, algo diferente de lo que significa6. Si es necesario pasar por el sentido, ello no obsta a hacerlo de entrada separando el grano de la paja, la forma de gozar de su inconsciente, y que lo habita. Separando los dichos del Otro irá tomando relieve la estructura de ficción en las supuestas verdades que se cuenta en sus quejas. Un tránsito necesario para que se produzca un cambio, una rectificación subjetiva en la que se plasme su compromiso en aquello de lo que se queja, su malestar. Que pueda aprehender incluso que en ello se juega su satisfacción.
A su vez se irán definiendo las coordenadas imaginarias y simbólicas de su síntoma, que se irá revelando, ubicando, precisando en su particularidad a modo de sistema en el que se articula lo que va apareciendo como junto, repetido. Un tiempo de sintonización en el que habrá que ir encontrando la frecuencia en la que el síntoma puede ser transmitido a condición de ir despejando los ruidos. Un vaciado que permitirá ir avistando la forma propia y particular de gozar del inconsciente, su cifra-miento.
3. Sileo, guardo silencio
Lacan nos dice también que lo que el analista enseña a leer no tiene nada que ver con lo que de ello él, el analista, podría escribir7. Y es que lo que el analista podría escribir es harina de otro costal. En todo caso, lo que está en juego, y ya desde el comienzo, es aquello que, llegado el caso, el analizante podría escribir, y solo él.
En este sentido, desde el inicio de su obra Lacan destacó el silencio en relación a la presencia del analista8 como condición de posibilidad de acceso al decir del analizante. Un silencio que no es un callarse, sino Sileo, cuyo significado en latín es “hacer silencio”9. Se trata de un hablar sobre fondo de silencio; de hablar guardando silencio, es decir, sin añadir sentido.
Siendo el silencio la característica de la pulsión, y la interpretación el quehacer del inconsciente, el silencio permitirá dar relieve a lo que el sujeto calla al hablar, al vacío sobre el que se asienta el sentido10. Sobre fondo de silencio el analista podrá leer a la letra dando nuevo relieve a una palabra, rompiendo o equivocando el sentido; podrá transgredir la gramática, unir piezas sueltas del decir…
Se tratará entonces tanto de guardar como de romper el silencio a condición de, en el orden del síntoma, poner en juego un decir verdadero11. De acompañar el despliegue del sentido sin añadir otros nuevos, pero apuntando a la experiencia de leer en la lógica que se esconde en los decires, al enigma de habitar un cuerpo hablante.
Laura Canedo es miembro de la ELP y AMP.
Notas:
- Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 20, Aún. Paidós, Argentina, 1989. ↑
- Cf. Ibid., p. 38. ↑
- Cf. Ibid., pp. 31-32. ↑
- Cf. Ibid., p. 32. ↑
- Cf. Ibid., p. 31. ↑
- Cf. Ibid., p. 49. ↑
- Cf. Ibid., p. 49. ↑
- Lacan, Jacques, “Variantes de la cura-tipo”, Escritos 1, Ed. S XXI, España, 1989, p. 337. ↑
- Miller, Jacques-Alain, “Silet”, Revista lacaniana de psicoanálisis, Nº 33, EOL, Bs. As., 2023, p. 12. ↑
- Cf. Ibid., p. 11. ↑
- Lacan, Jacques, “Columbia University, Auditoriums School of International Affairs, 1 de diciembre de 1975”, Revista lacaniana de psicoanálisis, nº 21, EOL, Bs. As., 2016, p. 20. ↑