El axioma del fantasma*

*Artículo publicado en Revue de psychanaliyse La cause du désir. Fantasme núm. 114, Navarin editeur, París, Juin 2023, pp. 40–44.

 

En el momento de la aparición del Seminario XIV La lógica del fantasma, Jacques-Alain Miller precisa: “En su acepción común, el fantasma remite a la imaginación, lo que Lacan situó como el registro imaginario. Manipulando símbolos, la lógica pertenece al registro simbólico, no debería pues encontrarse nunca con el fantasma1”. Entonces, hay que interrogarse sobre lo que el fantasma revela de la lógica.

El análisis para desvelar el fantasma

Se entra en análisis porque ya no se soporta los propios síntomas y se tiene la idea de que se es responsable, se quiere cambiar, han llegado a ser demasiado repetitivos. Cuantas personas nos dicen desde la primera entrevistas que vienen a consultarnos porque habían decidido que no se parecerían nunca a su padre o a su madre, lo que era seguro es que harían de diferente manera en su vida y comprenden, finalmente, que repiten los mismos impasses, los mismo síntomas, los mismos escenarios que los de sus padres. Lo que lleva a un sujeto a encontrar a un analista, es captar que todos estos esfuerzos y sus deseos conscientes de cambio están en impasse. No es suficiente tomar una buena resolución para salir de la homeostasis en la que el sujeto se satisface, para transformar su relación con su goce. Las dichas buenas resoluciones tienen de entrada una virtud de adormecimiento, valen como defensa a toda mutación subjetiva auténtica.

La operación es a veces larga, precisa de un análisis y lo que comporta de largos rodeos significantes para tener la suerte, al final del camino, de desanudar de la novela familiar lo que hace la fijación al objeto. Sólo el psicoanálisis opera sobre el fantasma.

Abordar el transcurso del análisis por el sesgo del fantasma, es interrogar este espacio en el que el sujeto se confronta a la imposibilidad de anudar armoniosamente el significante con el goce. Frente a este imposible, el sujeto responde con un bricolage que lo pone a cubierto. Tal es la función del fantasma.

El fantasma, una protección

Al leer el matema que nos da Lacan, el fantasma es un ensamblaje de dos letras. Una suerte de molécula “en el sentido en el que una molécula es un ensamblaje de partículas o de átomos que forman una pequeña masa de materia2”. Una molécula puede transformarse fácilmente, no es lo mismo para el átomo, pues sólo una reacción potente como la nuclear podría separar el átomo de significancia y el átomo de goce. Estas formulaciones hacen resonar por una parte la fijación propia al objeto y por otra, la variabilidad que es la del significante. Así, para operar sobre el fantasma, “una reacción nuclear3” es indispensable. Es necesario, entonces, una interpretación justa para que la matriz del fantasma sea tocada y que el objeto pueda revelarse al sujeto fuera de su vestimenta significante. Entonces, puede haber un atravesamiento, un relámpago sobre lo que lo aliena, a su no sabido. Es esta condición la que el sujeto puede entrever, lo que es su ventana sobre lo real.

En una aproximación clásica de la enseñanza de Lacan, la teoría del fantasma plantea que el significante tiene un efecto de mortificación sobre el cuerpo. Ahora bien, a partir del Seminario XVII, El reverso del psicoanálisis4, invierte sin embargo su perspectiva. El significante que se tomaba hasta aquí como lo que mortifica el goce, se revela también como responsable de una producción de goce. El significante se hace causa del goce, produce libido bajo la especie de plus-de-gozar. El significante que es causa del goce sobre el cuerpo, Lacan lo llama el sinthome. Su efecto es el opuesto al del fantasma. Así J.-A. Miller toma el sinthome como un más allá del fantasma5.

El sinthome como un más allá del fantasma

El sinthome no se puede concebir sin la dimensión del fantasma. J.-A. Miller consagró uno de sus primeros cursos a la articulación entre síntoma y fantasma6. Un mismo recorrido se despliega.

En el inicio del análisis, lo que caracteriza el síntoma y el fantasma, es su variedad, sus formas diversas y plurales, el uno y el otro toman mil colores. Una cuestión surge aquí: ¿por qué Lacan fue privilegiando progresivamente en el transcurso de su enseñanza el síntoma en detrimento del fantasma en el momento de ceñir el fin del análisis? Sin duda, se debe a lo que hace la naturaleza del fantasma, pues revela una dimensión propia de lo universal. En efecto, subraya que el fantasma se inscribe “en los registros que son los que he dado, a saber – para la fobia, el deseo prevenido- para la histeria, el deseo insatisfecho – para la obsesión, el deseo imposible7”. Muy diferente es el destino del síntoma, que, lo veremos más adelante, pone de relieve al fin del análisis lo más singular del sujeto.

Como formación del inconsciente, el síntoma está en el inicio de un análisis. Está cifrado, enviscado en un goce desconocido por el sujeto. Muestra el registro de lo simbólico, está estructurado como un lenguaje, compuesto de una parte cifrada que el análisis puede desanudar y descifrar, porque el síntoma es metáfora, se puede encontrar su parte reprimida. Se despliega y se interpreta como una formación del inconsciente para desaparecer al final del análisis. Se disipa, pero la operación, no es sin resto…

Así, el síntoma se encuentra tanto en la entrada como al final, pero no es el mismo; el de la entrada, el que por el cual, se ha empezado su análisis, ¡no es idéntico al de la salida! El síntoma se ha transformado, se ha modificado a lo largo de la cura, es el lado terapéutico del análisis; pero, más allá de este beneficio terapéutico, el síntoma se ha aligerado, se ha disecado, se ha reducido, sólo subsisten restos, no gran cosa, cenizas, un rasgo, una marca, un signo que ya no es descifrable por la interpretación analítica. Este Uno del síntoma es a distinguir del síntoma definido como una formación del inconsciente.

Operación-reducción

Lacan da una definición del fin de un análisis como una identificación al síntoma: Esto toca a lo más singular del sujeto. En este movimiento, el síntoma es entonces reducido al extremo. Cuando todo lo que puede ser interpretado del síntoma ha sido descifrado, queda un hueso, un elemento indescifrable. Para dar una imagen aproximada, el síntoma al final del trayecto se puede comparar en aritmética al resto de una operación de división, dicho de otra manera, a lo que no se puede reabsorber por una operación significante. Es un resto y este resto identifica la singularidad absoluta del sujeto. Así, el síntoma pone de relieve lo Uno, ya no es una formación del inconsciente, es el residuo de lo que no es descifrable. Es la razón por la que J.-A. Miller condensa lo que es la esencia de una cura a un trayecto que va de lo múltiple a lo Uno8.

Del síntoma de la entrada al síntoma de la salida, el fantasma pasa así de los reflejos de lo imaginario al camino pedregoso de lo real. Es en El hueso de un análisis donde J.-A. Miller describe el análisis desde el punto de vista del fantasma como “una dinámica de desnudamiento del ser9”. El primer movimiento va de lo imaginario a una lógica propia de lo simbólico. Ahora bien, el símbolo tiene generalmente una función de mortificación. De ahí la conclusión a extraer de este primer franqueamiento: “la asunción de la muerte10”.

El segundo movimiento es un atravesamiento que se declina de lo simbólico a lo real. Ahí se juega el momento del pase, que Lacan califica de atravesamiento del fantasma. Este atravesamiento – a veces no se trata de una reducción – puede esclarecer en retorno la transformación que opera sobre el síntoma.

Así la operación analítica converge hacia una reducción. J.-A Miller hace un concepto “operación-reducción11” y lo declina sobre los tres registros, la imagen, el símbolo y lo real. Este concepto de operación-reducción vale tanto para el síntoma como para el fantasma, pues el fantasma se sitúa en el corazón de los tres registros, es el lugar donde se conjugan el significante y el goce.

“El fantasma es en sí mismo una representación, una escena del orden imaginario, es una articulación significante donde está presente el sujeto del significante y es, aun, completada por un monto libidinal marcado por el pequeño a12”. Desde que el fantasma es reducido al fantasma fundamental, el sujeto entreve lo que le determinaba hasta ahí y que tiene valor de axioma. Entonces, el fantasma ya no es múltiple, ni cambiante ni variable; es por lo que, al final del trayecto de un análisis, el fantasma se hace axioma para el sujeto. Lacan lo percibe, en “La dirección de la cura”, como “fantasma fundamental13”.

Es también por lo que el sujeto descubre en el hilo de su trayecto analítico que, si su fantasma es el apoyo central de su deseo, también tiene por función protegerlo de lo real opaco que releva de lo imposible. Habrá hecho falta un largo trabajo de desciframiento y de interpretación en la cadena significante del sujeto para alcanzar in fine a desanudar el fantasma. De sus ligaduras imaginarias, no queda, nos dice Lacan, más que una “significación de verdad14”. “Es la única función que puede darse al papel del fantasma15” precisa en 1967. Hay que tomar el fantasma “tan literalmente como sea posible y lograr, para cada estructura, definir las leyes de transformación que asegurarán a ese fantasma el lugar de un axioma en la deducción de los enunciados del discurso inconsciente16.

J.-A. Miller ha titulado el último capítulo del Seminario La lógica del fantasma “El axioma del fantasma” ¿No es una forma de decir que al final, el fin de toda experiencia analítica, el sujeto descubre que su fantasma tiene el papel de una significación de verdad?

¿Un dormitorio?

La última página del Seminario es clínica. Lacan pregunta “¿Acaso no hay dormitorios, aun cuando no hay acto sexual?17”.

En 1967, para Lacan, el no acto sexual, corresponde a lo que va a llamar la no-relación sexual. Si no hay relación sexual ¿qué pasa en un dormitorio?, pues el lugar existe innegablemente.

La respuesta de Lacan es luminosa. En un dormitorio, no pasa nada, pues la no-relación sexual se presenta como una forclusión. Por el contrario, todo pasa esencialmente en el baño o en la antecámara. Traducimos: Todo pasa en el fantasma. Para “la fobia, puede pasar en el armario de la ropa, o en el pasillo, en la cocina. La histeria tiene lugar en el parlatorio – el parlatorio del convento de monjas, por supuesto. La obsesión en el cagadero18”. Entonces, ¿existe el dormitorio? ¡Claro! “Este dormitorio es lo que suele llamarse consultorio del analista19”.

Traducción: Concha Lechón. No revisada por el autor.

 

Notas:

  1. Miller, Jacques-Alain. “Propos sur La logique du fantasme”. Revue de psychanaliyse La cause du désir, nº. 114. Fantasme. Navarin editeur, Paris, 2023, p. 69.
  2. Miller, Jacques-Alain. “La economía del goce”, La Cause freudienne, nº. 77, 2011, p. 144.
  3. Ibid.
  4. Lacan, Jacques. El Seminario, libro XVII. El reverso del psicoanálisis. Ed. Paidós, Barcelona, 1992.
  5. Cf. Miller, Jacques-Alain. El hueso de una cura. Ed. Tres Haches, Buenos Aires, 2021, p. 52.
  6. Cf. Miller, Jacques-Alain. “La orientación lacaniana. Síntoma y fantasma y su retorno”, enseñanza pronunciada en el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París 8, 1981-1982, inédito.
  7. Lacan, Jacques. El Seminario, libro XIV. La lógica del fantasma. Ed. Paidós, Buenos Aires, 2023, p. 349.
  8. Miller, Jacques-Alain. El hueso de una cura. Ed. Tres Haches, Buenos Aires, 2021, p. 27.
  9. Ibid., p. 21.
  10. Ibid., p. 20.
  11. Ibid., p. 22.
  12. Ibid., p. 47.
  13. Lacan, Jacques. “La dirección de la cura”, Escritos 2. Ed. Siglo XXI, Madrid, 1987, p. 594.
  14. Lacan, Jacques. El Seminario, libro XIV. La lógica del fantasma. Ed. Paidós, Buenos Aires, 2023, p. 349.
  15. Ibid, p. 350.
  16. Ibid.
  17. Ibid., p. 351.
  18. Ibid., p. 351.
  19. Ibid.