Urgencias subjetivas en la institución
“La institución” según la RAE es un organismo que desempeña una función de interés público, nombra un lugar adonde dirigirse. Las instituciones pertenecen al discurso del amo y por esa razón tienen la función de señalar un lugar. La cuestión es que en los países donde existen instituciones de salud mental pública, cualquiera tiene un lugar donde acudir para intentar decir de qué sufre, más allá de su capacidad adquisitiva o condición social. A mi entender es importante que existan, si no es así, el desamparo es enorme para los sujetos sin recursos.
Sabemos también, que la institución tiene un reverso, la burocratización, el uso de un discurso cientificista que clasifica a los sujetos sin dar lugar a la palabra. Por esa razón, es importante que en estas instituciones se practique otro tipo de saber hacer, que haga del síntoma una herramienta de trabajo que acote el sentido, y apunte a lo más singular de cada uno.
En la institución donde trabajo, a veces los sujetos preguntan, antes casi de sentarse, qué tipo de orientación psicológica tengo, mi respuesta suele ser: la que haga falta. De hecho hasta ahora nadie ha seguido cuestionando la orientación una vez que han desplegado qué les lleva a consultar; cuando han podido escucharse decir de qué sufren.
La pregunta viene de la increencia generalizada en el Otro propia de la época. Y es una manera imaginaria de intentar validar el supuesto saber del otro. Esta increencia deja al sujeto muy solo con un goce que le desborda, creo que esta es la razón del incremento de la demanda en instituciones públicas y privadas.
“Entramos en una era de la prevención generalizada del traumatismo”1 dice J.-A. Miller, este es otro aspecto de la época, la “demanda de operadores de escucha”, que suele aparecer en la consulta en institución. Algunos sujetos llegan con la idea de solicitar que alguien le escuche, para recibir su consejo, en un intento de taponar con más sentido aquello de lo que sufren.
Y siguiendo con J.-A. Miller “la posición del psicoanalista no es la de ratificar la realidad colectiva […]. Por eso puede hacer que recaiga sobre el síntoma la sospecha de la creencia, y así poner en duda esa creencia, en la medida en que el sujeto llega precisamente definiendo su síntoma en relación con la realidad colectiva […]. La posición analítica toma distancia de lo que permite que florezca esa sensatez, que sería la realidad colectiva”2.
En las urgencias subjetivas, se pone en evidencia el real que acecha a todos los sujetos inmersos en el universo simbólico, que en nuestra época, está más agujereado. Lo que muestran es algo que les embarga y les impide seguir como antes. A menudo faltan las palabras, el sujeto muestra un cuerpo que no se puede quedar quieto, o hace ingestas masivas o restricciones alimentarias, no sabe si es hombre o mujer, se infiere cortes, está pensando en desaparecer, ansiedad abrumadora, evitación de relaciones con los otros, dificultades de concentración y de relaciones de pareja.
Es habitual que la situación se achaque al exceso de trabajo, obligaciones familiares, necesidades económicas; en el caso de niños a la impulsividad, falta de atención, mal resultado escolar o mal comportamiento, lo que llamaba antes J.-A. Miller, “la sensatez de la realidad colectiva”, a menudo acompañados de una cierta incredulidad sobre lo que pasa y ya medicados por el psiquiatra.
La especificidad del discurso analítico es que es una experiencia de palabra,3 y el deseo del analista se pone en juego con el reconocimiento de la palabra como tal, en ruptura con el sentido4.
Precisamente porque el recorte en el decir bordea lo sintomático, es interesante la increencia de la época cuya premisa es un supuesto ideal individual de auto-satisfacción permanente.
Un niño de 8 años con “déficit de atención”, según el neurólogo y medicado, me dijo: “mi madre me enseña todo lo que tengo que saber en el curso, antes de empezar,”. Es insoportable ese lugar de saber todo, animado por padres parapetados en conseguir lo mejor para sus hijos.
Un adulto llega agotado, medicado, sin poder dormir, después de un tiempo de sesiones, ha reconocido un síntoma, dice: “tengo que cuidar a los otros hasta agotarme para que no pase nada malo, por qué?”
A partir del recorte en su discurso, puede hacerse la pregunta que responde a una solución sintomática que bordea un agujero. Pasó del sufrimiento generalizado a acotar un decir propio, que comandó su vida desde la adolescencia.
Siguiendo la lógica del dispositivo analítico, se trata de acompañar a un sujeto en el trabajo de escuchar el sin sentido y localizar el síntoma como motor del trabajo en sesión.
Dice J.-A. Miller5 que al dispositivo analítico le podríamos llamar “psicoanálisis lógico” y en mi experiencia, sus efectos pueden existir en un hospital, en salud mental pública o en consulta de mutua. El dispositivo funciona con el deseo del analista, el control del caso, y cuando un sujeto se somete a la experiencia que comporta su decir en ruptura con el sentido.
M. Cruz Fernández es miembro de la ELP y AMP.
Notas:
- Miller, Jacques-Alain. El lugar y el lazo. Paidós, Buenos Aires, 2000, p. 56. ↑
- Ibid., p. 49. ↑
- Lacan, Jacques. “Función y campo de la palabra en psicoanálisis”. Escritos 1. Siglo XXI, Buenos Aires, 2002, p. 250. ↑
- Alberti, Christiane. “Lo que puede el psicoanálisis”. Revista Virtualia, mayo 2023, nº 42. ↑
- Miller, Jacques-Alain. El lugar y el lazo. Op. cit., p. 50. ↑