Los preliminares, en acto

Empujar la puerta de la consulta del psicoanalista no es entrar en análisis. Esto puede parecer una obviedad, una verdad de la evidencia, pero es diferente según otra perspectiva, en la cual lo que falta es del orden de uno de más.

El título de esta conversación, “La entrada en análisis y sus preliminares”, me dejaba con una interrogación, ¡los preliminares, es antes! En el título están situados después. La propia estructura del título expresa la convulsión que se encuentra puesta al trabajo por una reflexión a partir de las prácticas.

Un preliminar es un previo que incluye una dialéctica, que se abre a una relación basada en una palabra intercambiada libremente, en lo que valdría para un pacto. Así entendido, vemos dibujarse lo que entendemos por transferencia.

En el comienzo del psicoanálisis está la transferencia”, dice Lacan1 . Sin embargo no dice: con la transferencia comienza el análisis. Así, si podemos decir que la transferencia es una condición previa para entrar en análisis, también podemos observar la diferencia que existe entre la entrada en la transferencia y la entrada en análisis. Hoy, esta distinción tiende a ser reducida, colapsada, incluso cortocircuitada. Ya no es el vínculo del Uno con los otros lo que hace el affectio societatis, sino el Uno separado de los otros que prevalece. Entonces el hecho de desear, que incluye la categoría de los otros y del Otro, cede el lugar a este goce inmediato revindicado por cada uno y que puede especificar lo que se pide al analista, se exige de él.

Algo que falta

En las particularidades de algunas demandas actuales se hace entender algo del orden de lo pulsional que habría que cercenar con urgencia. Es aquí donde volvemos a encontrarnos la puerta empujada. No solamente esto, sino que también se esperaría de este de más ya evocado, una ganancia de goce. De hecho, está en sintonía con lo que propone la ciencia y el modelo social actual, como muchos empujes a gozar.

Es así que, en el siglo XXI, las demandas de análisis han cambiado: más que en la falta, están más bien orientadas por este suplemento de goce que prometen los discursos actuales y que los sujetos no llegan a obtener. No se trata de una falta de deseo, sino de algo que falta del lado del goce. Cabe precisar que no es una falta, sino un algo que falta, un de menos en relación a un de más esperado.

Lo provisional, el error y el malentendido

Lo provisional es frágil2, dice Lacan en el Seminario XXIII, designando aquí el nudo borromeo, el anudamiento que un parlêtre se habría inventado, o el que resultaría de una cura. Todo no está “resuelto” porque nos habríamos orientado por lo real, en una referencia explícita, incluso forzada, en la última enseñanza de Lacan. Para decirlo de otra manera, no hay tampoco garantía, no hay Otro del Otro, en la orientación borromea.

Este “provisional” parece ser una marca de este siglo donde no se da más tiempo para desear y donde el objetivo es la inmediatez de un goce para todos. Dicho de otra manera, el “derecho a la felicidad” es exigido al analista en lugar de una ética del bien decir orientada hacia el cuestionamiento de la verdad y de los meandros, como impases, del deseo.

Cuando se aborda la cuestión del deseo, hay que acordarse que es desde el lugar del Otro que vuelve sobre el sujeto su pregunta bajo el modo invertido. De este modo Lacan dice que el deseo del hombre es excéntrico3. Leeremos en la elección de esta palabra el equívoco que contiene, indicando a la vez que este deseo está descentrado – es en “el lugar del Otro que se forma y que es fantasioso, insólito y, a veces, extravagante. Este punto, si no se tiene en cuenta, provoca estas derivas que denuncia Lacan: las de responder a la demanda del analizante, suponiendo que se dirige a la persona del analista que, entonces, solo podría responder a través de la frustración. Del lugar del analista no es posible responder a la demanda, porque “responder a ella es forzosamente decepcionarla5 una demanda que apunta a “Otra-Cosa6. Pero aquí, añade Lacan: “ la gente que viene a pedir algo de lo cual ellos mismos no tienen ninguna idea7. El psicoanalista sería poseedor de un saber obscuro que le haría clarividente sobre lo que le pasa a la persona que le consulta. Es el primer escollo que abriría al malentendido, a los malos-entendidos del deseo.

La oficina de objetos perdidos

En nuestra sociedad del consumo suscitado, del derroche programado, un objeto vale por otro y el que está perdido es, por ello, caduco. ¿Entonces, porqué buscarlo? Especialmente porque hay otro, más reciente, más todo lo que se nos presume… ¡y que creemos! ¡La paradoja aparente es que comprándolo de nuevo nos ahorramos algo que le cuesta, no al consumidor, sino al sujeto! Se ahorra interrogarse sobre el acto fallido, sobre la manifestación del inconsciente implicado en el hecho de perder.

Partimos de una observación de Jacques-Alain Miller: “Las terapias psi son, en su diversidad, ¡como “gabinetes de objetos encontrados8. ¡Si pierdes un objeto, te lo encontramos, este u otro! El psicoanálisis, por el contrario, orienta – para esta pérdida- a encontrar cómo “perderlo de la buena manera, es decir, hacer el duelo de una buena vez9. Entonces, en vista de las modalidades de las demandas actuales, se puede decir que el sujeto moderno ¡ha dejado el Gabinete de los objetos encontrados por la Oficina de los objetos perdidos!

La entrada en la cura supondría que pueda considerar la posibilidad del duelo de este objeto. ¡No es cosa fácil! La religión, al igual que la ciencia, proponen una modalidad de respuesta al sujeto para evitarle la castración y cualquier frustración mientras lo aliena, para una, al pecado original y, para la otra, a objetos al rango de los cuales, además – porque se trata de las terapias – podemos encontrar medicamentos.

El psiquiatra propone piezas de recambio que le suministra la industria farmacéutica y que trasmite a sus pacientes, a través de una sabia pedagogía, como equivalentes de objetos a e incluso se enorgullece de tener objetos a, plus de goce, de los cuales el usuario puede beneficiarse inmediatamente; es el goce para todos. Certeza científica para uno, cruel decepción para otro, la carrera a la producción de moléculas nuevas ha empezado.

El analista, en su dirección de la cura, reconoce que “el objeto está perdido10. Del lado del analista, para llevar al analizante hacia este camino, es necesario que este objeto a sea para él lo que el efecto de la pérdida es el propio sujeto; aquel que se cuestiona en una cura y que no lo confunda con el objeto a, plus de goce, que su modo operatorio apuntará a restituir al analizante: interpretaciones que dan sentido, gratificaciones, es decir respuestas a partir del gran Otro y sus consecuencias en términos de efecto terapéutico y de acting-out.

Entonces, ¿dónde empiezan los análisis?

Más que nunca, “sería un error orientarse de manera exclusiva en la demanda hecha al analista. Este planteamiento tiene ciertamente para el sujeto valor de acto, tiene sus coordenadas simbólicas, y en todos los casos, un estilo de franqueamiento11. Esta demanda supone una transferencia al psicoanálisis, eventualmente a un psicoanalista, pero esto no dice para nada que un sujeto haya entrado en análisis.

Si retomamos la pregunta del principio, podemos pensar que el modo de respuesta condiciona la demanda. De este modo, el “¿Qué puede hacer por mí?” se plantea primero del lado de quien se siente implicado por esta interpelación. De hecho, la pregunta es como preguntarse qué puede hacer el psicoanálisis. Por ello, no es el Edipo que está de entrada en juego para este parlêtre, sino cómo podría arreglárselas para no verse alienado por lo que la modernidad le propone y que no está en sintonía con lo que siente. La demanda no está ligada a un pensamiento neurótico que estorba, sino a algo que es imposible sentir en el cuerpo; una insatisfacción del cuerpo. No es una falta de deseo, sino una falta de goce.

Del lado del analista

Si este sujeto moderno no cree en el inconsciente, aun así, es a un analista a quien recurre. Por mucho que digamos que viene a ver a un analista como uno de los “medios” que se ponen a su disposición, la cuestión recae también del lado del analista y de lo que hace de esta demanda. ¿Qué hacer con un sujeto que quiere las llaves para ajustar su goce? ¿Cómo hacer emerger un síntoma analítico con un sujeto que está más interesado en un “saber hacer” del analista que suponerle un saber y ponerse a la tarea analizante?

Qué podemos decir, en nuestra modernidad, de los analistas que Lacan en su época comparaba con “rinocerontes” y de los que decía que “hacen más o menos cualquier cosa, y los apruebo siempre. Tienen siempre razón12. Finalmente, esto es el primer tiempo del control, siendo el segundo el de usar un equívoco para despejar lo que podía hacer síntoma, obstáculo al deseo del analista. El objetivo no es oponerse, sino hacer que sea el que viene al control quien se dé cuenta de su error. El rinoceronte que embiste no está en absoluto en peligro de extinción, pero con referencia a la cuestión planteada aquí a trabajar, no concierne solamente a los rinocerontes a los cuales Lacan se refería en su época, sino también a todos nosotros confrontados a estas demandas que sorprenden.

El tiempo apremia, el analizante tiene prisa y presiona al analista que confunde, cuando se deja engañar, prisa y precipitación. El analista puede adherirse a la urgencia de la demanda de su analizante por el cual cree poder establecer una causalidad directa; retomando en una perspectiva moderna lo que Lacan ponía del lado de una psicologización del inconsciente. Su acto tendría como objetivo la causa. Por así decirlo, toma hecho y causa para su analizante, su Un-paciente, su in-paciente, out-analizante. In, out, hay que orientarse hacia el momento de concluir, al haber cortocircuitado los dos primeros, el instante de ver y el tiempo para comprender.

El analista moderno no quiere ser engañado, como su analizante, quiere resultados y la terminología que le tienta incluye muy a menudo la necesidad de producir un acto. Sabe perfectamente que el acto no se calcula. Pero se considera inventivo, está decidido a salir del atolladero de la verdad mentirosa aquel que se encuentra habiendo hecho nudos; esto proponiéndole otros anudamientos que él llamará sinthome. Está en sintonía con el sinthome de su analizante. En el espejo de lo real, los espejismos pueden llevar a lo peor.

La maniobra de la transferencia tendrá por objeto hacer surgir una cuestión propia a este sujeto. Habrá que procurar que de una queja dirigida al Otro del mundo que le rodea, pueda interrogarse sobre su deseo, aunque esté cegado por la búsqueda de un goce prometido a todos.

En nuestras prácticas de analistas lacanianos, estas maniobras deben reinventarse para que el acto del analista no lleve a un acting out anticipadamente. Por ello los preliminares tienen un verdadero lugar para permitir una rectificación subjetiva que se abre a un trabajo analítico.

*Intervención al XX Congreso de la SLPcf, “L’entrata in analisi e i suoi preliminar”, mayo 2023.

Guy Briole es psicoanalista, miembro de la ECF y de la AMP.

Traducido por Catherine Galaman, miembro de la ELP y AMP. Texto revisado por el autor.

 

Notas:

  1.  Lacan, Jacques. “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanálisis de la Escuela”, Otros escritos. Paidós, Buenos Aires, 2021, p. 265.
  2. Lacan, Jacques. El Seminario. Libro XXIII: El Sinthome. Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 118.
  3. Lacan, Jacques. “El psicoanálisis, razón de un fracaso”, Otros escritos. Paidós, Buenos Aires, 2021, p. 362.
  4. Ibíd.
  5. Ibíd., p. 363.
  6. Ibíd.
  7. Ibíd.
  8. Miller, Jacques-Alain. Los divinos detalles. Paidós, Buenos Aires, 2011, p. 189.
  9. Ibíd.
  10. Ibíd.
  11. Miller, Jacques-Alain. “C.S.T.”, La conversation clinique. Le champ freudien éditeur, Paris, 2020, p. 25.
  12. Lacan, Jacques. El Seminario, libro XXIII: El Sinthome. Paidós, Buenos Aires, 2006, pp. 17 y 18.