Las urgencias subjetivas en las instituciones

“No, la salud mental no existe; se sueña con ella, es una ficción”1

Partiré de una obviedad: las instituciones asistenciales, cualquiera de ellas que se considere, son espacios colonizados por el discurso de la ciencia, en tanto que éste, es una de las formas actuales del Discurso del Amo, discurso de la ciencia que para lo que aquí nos interesa, toma la forma de la salud mental que, como S1 impregna y condiciona todo el discurso que hace posible la atención en cualquiera de estas instituciones.

Ahora bien, para pensar en el alcance de estas urgencias subjetivas en las instituciones, debemos fijarnos primero en la escena en la que esta atención se produce para poder percibir que allí se plantean dos urgencias subjetivas: la primera urgencia, la más evidente, es la del paciente que acude con su sufrimiento y que “exige” tanto ser liberado de dicho sufrimiento, como que se formule un diagnóstico que lo nombre y que le permita, por tanto, desprenderse de su condición de sujeto dividido. La segunda urgencia es la del terapeuta que se ve “exigido” a dar una respuesta de acuerdo con este S1, lo que alcanza tanto a la emisión de este “diagnóstico adecuado”, si es que ello existe, como a la prescripción del “medicamento adecuado” o a la facilitación del “recurso adecuado” a la queja del paciente que hagan posible que éste se encamine hacia la consecución del ideal que la salud mental promueve, la eutimia, entendida aquí como una “estabilidad” que enajene al sujeto de todo malestar.

Detengámonos ahora un momento en esta idea del “medicamento adecuado” ya que en ella se hace más evidente esta urgencia subjetiva del terapeuta. Habitualmente la petición del paciente, del que sufre (pathos) es que su malestar desaparezca como desaparece una infección leve con la administración del medicamento adecuado, siendo éste, me atrevo a decir, el modelo en el que ambas urgencias subjetivas, la del paciente y la del terapeuta, se encuentran: la formulación del “diagnóstico adecuado” y como consecuencia la prescripción del “medicamento adecuado” que alivien al paciente de sus síntomas y al terapeuta de la queja del paciente.

Para ilustrar esta última urgencia subjetiva traeré una cita de Montserrat Puig: “…Lacan2 no apunta a la eficacia de los fármacos (…) sino a su función de «barrera» en la relación con el enfermo. Es decir, a los usos que se hace de los fármacos en la práctica clínica, siendo el de «barrera» a la angustia del practicante el que él destaca. De modo que el cómo se medica es incluso más importante que el síntoma que se quiere modificar con el tratamiento farmacológico”3. Así, muchas veces en mi práctica me ha sido dado el comprobar la relación directa que existe entre la angustia del psiquiatra frente a la insistencia de la queja del paciente y la cantidad de medicación que éste recibía, en alguna ocasión hasta alcanzar niveles dramáticos.

Cabe preguntarnos ahora por cuál es el punto de detención, tan ficticio como la salud mental, de estas urgencias subjetivas. Creo que este punto de detención podemos situarlo en lo que J. A. Miller denomina, utilizando el título de la famosa novela de Robert Musil: El hombre sin cualidades4, es decir, este hombre eutímico que el ideal de la salud mental promueve, desprendido y/o protegido de toda división subjetiva y por ello convertido a su vez en un hombre “normal”, uniforme y, por tanto, susceptible de ser evaluado en sus diferencias con dicha normalidad.

Llegados a este punto podemos plantear la cuestión de cuál es la condición de posibilidad para que en este contexto se produzca una entrada en análisis que permita transformar la queja inicial que el malestar produce en el paciente en una demanda que abra la posibilidad de que el sujeto habite su singularidad y construya su propio síntoma. Contestaré con una cita de J.A. Miller: “Hoy día, ser escuchado por un psicoanalista equivale a un derecho del hombre. Le toca al psicoanalista arreglárselas con eso y modelar su práctica con respecto a lo que se le requiere”5, es decir, aprender a sostener el semblante de trabajar en una institución6 y así poder habilitar un espacio de escucha que permita que el terapeuta se desprenda de su saber institucional para ofrecer tan sólo un saber supuesto que permita esta transformación de la queja en demanda y que limite este “diagnóstico adecuado” al nombre propio del paciente.

pacoroca@telefonica.net

Francesc Roca es Miembro de la ELP y AMP.

 

Notas:

  1. Miller, Jacques-Alain. “Conferencia de clausura. PIPOL 5”, El psicoanálisis, nº 20, Barcelona, noviembre 2011, p.11.
  2. Cf. Lacan, Jacques. “Breve discurso a los psiquiatras”. Op. cit., en Puig, Montserrat. “Prevenir con fármacos: nuevo uso, nuevos goces”, El psicoanálisis, nº 20, Barcelona, noviembre 2011, pp.78-79.
  3. Puig, Montserrat. Op. cit., pp.78-79.
  4. Cf. Miller, Jacques-Alain. “La era del hombre sin cualidades”, Freudiana, nº 45, Barcelona, 2005, pp.7-41.
  5. Miller, Jacques-Alain. “Conferencia de clausura. PIPOL 5”. Op. cit., p.13.
  6. “Siendo fiel a esta orientación, el analista puede autorizarse de su relación al síntoma para reinventar los semblantes de lo que es, lo que tiene que ser, en la nueva época que nos convoca”. Cf. Laurent, Eric: “A la búsqueda de un semblante nuevo”, El psicoanálisis, nº 17, Barcelona, abril 2010, p.16.