Resonancias psicoanalíticas del ajedrez

El ajedrez no es un juego de azar, lo que acontece en su desarrollo es responsabilidad absoluta de los movimientos.

En el origen, las piezas se desplazan de acuerdo con sus posibilidades. Estas son relativas al tipo de pieza con que se juegue. Los movimientos se relacionan directamente con jugadas anteriores, como en cadena. Hay otro, que configura el devenir de la partida.

El juego funciona como un conjunto en donde los elementos dependen unos de otros, no valen por sí mismos, si no que se mueven de acuerdo con la estructura de la que forman parte. Se instaura cierta lógica que depende de la apertura y del estilo del jugador, sus defensas, estrategias para el ataque, sus debilidades o fortalezas. Por más que se consideren reglas que existen para ejecutar una buena partida, a veces algún movimiento produce posiciones inesperadas. Se devela algo que no se había observado, mediatizado por el otro.

De cada partida se puede extraer un saber, la experiencia permite ir transformando al jugador y verse beneficiado en el transcurso y el final del juego

Aperturas y tiempos singulares

Existen cientos de aperturas y generalmente son usadas de acuerdo con el estilo de cada uno. Hay una elección que produce efectos de singularidad. Ninguna partida puede ser igual a otra. Se puede jugar por tiempo, como en las partidas ‘bala’ o ‘blitz’ de minutos, también jugar ‘por correspondencia’ o ‘ajedrez postal’, en donde se transmiten los movimientos por correo. Lógicamente hay partidas que duran varios años.

La propuesta de Lacan consiste en metaforizar las piezas del ajedrez cómo elementos significantes. En el transcurso del análisis y por efecto de una serie de movimientos, se debe producir una reducción, eliminar una cantidad considerable de estos significantes. Esto permitirá, percibir y localizar dónde se encuentra el sujeto1. En la misma clase, enuncia: ‘en el análisis siempre debemos marcar, en el momento de cada fenómeno, los lugares del sujeto, del pequeño otro, del gran Otro’2.

¿Con quién juega la partida el analizante? ¿Con sus significantes y la orientación del analista?

¿Cuánto tiempo necesita para el despeje de estos elementos y que el sujeto pueda aparecer? Si es que existe la posibilidad de que esto ocurra, eso se verá, caso por caso.

Freud señala que la cuestión del tiempo es imposible de responder y apela a la fábula del peregrino, que pregunta cuánto falta para llegar, ‘camina, le exhorta Esopo, y lo funda diciéndole que uno tendría que conocer el paso del caminante, antes de estimar la duración de su peregrinaje’3.

El analista introduce un proceso y puede realizar maniobras, promoverlo, quitarle obstáculos, viciarlo. Pero ese proceso una vez iniciado toma sus propias riendas y no admite que se le imponga su dirección ni la secuencia de los puntos que acometerá4.

Las entrevistas preliminares abrirán la partida, deslizando los significantes, pasando una y otra vez por allí. A condición de que el analista juegue orientado, en el tablero surgirá lo que pone en jaque al analizante y se vislumbrará el tratamiento que le da a sus piezas.

Esta localización permitirá un cambio de posición, en este franqueamiento el sujeto ya no podrá volver atrás en la partida con su inconsciente.

La rectificación subjetiva es una transformación. Que el sujeto pueda pasar de hablar sin saber lo que se dice, a hablar buscando el sentido de lo que se dice5.

¿Qué posibilidad de formalizar lo que no anda y decidir cuánto está dispuesto a perder por asumir la posición de sujeto respecto de sus dichos?

El paciente debe consentir la responsabilidad que tiene en lo que le sucede, estar implicado en las cosas de las cuales se queja. Esto es una decisión de orden ético6.

¿De qué se sirve el analista para realizar esta maniobra en sus partidas?

Bajo las indicaciones de Freud: de la regla fundamental. Por un lado, decirle al paciente que diga todo lo que se le cruza por la cabeza, y por otro, tener un lugar propio de neutralidad. El analista deberá fijarse en todo de igual manera, correspondiéndose con lo que se indica al paciente. Así se verá librado de fijarse, él mismo7.

Gracias a que queda un lugar vacío, puede advenir un significante enigmático que se ofrece a la interpretación del paciente: ¿qué es lo que quiso decir? El analista no responde, no da explicaciones. En todo caso pregunta: ¿qué quiere decir para usted? El significante de esta interpretación se fija de manera tal que abre la interpretación del paciente y gracias a esto la posibilidad de un cambio en la modalidad subjetiva8.

¿En qué medida la orientación del analista dependerá del saber que le concierne sobre el final de su propio juego, en haber asistido a la caída o transformación de sus propias piezas?

mariagabrielabalada@gmail.com

Gabriela Balada es socia de la Sede de Barcelona de la Comunidad de Catalunya de la ELP.

 

Notas:

  1. Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 6, El deseo y su interpretación, Paidós, Buenos Aires, 2014, p. 227.
  2. Ibid., p. 216.
  3. Freud, Sigmund. ‘Sobre la iniciación del tratamiento’, Obras completas. Tomo XII. Amorrortu. Buenos Aires. 2007, p. 131.
  4. Ibid., pp. 131 y 132.
  5. Miller, Jacques Alain. «Introducción al inconsciente», Introducción al método analítico. Eolia-Paidós. Buenos Aires. 1997, pp. 62 y 63.
  6. Ibid., pp. 68 y 70.
  7. Freud, Sigmund. ‘Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico’, Obras completas. Tomo XII. Buenos Aires. Amorrortu. 2007, pp. 111 y 112.
  8. Miller, Jacques Alain. «Respuestas y cuestiones«, Introducción al método analítico. Eolia-Paidós. Buenos Aires. 1997, p. 98.