Preguntamos a… Manuel González Molinier

Las producciones artísticas pueden ser un modo de satisfacción, un tratamiento del malestar, una sublimación… para quien las crea.

Pero su obra les trasciende, porque pasa de lo privado a lo público, pasaje sancionado por el impacto que causa en los otros: quien lo lee, quien lo ve, quien lo escucha. Poesía, literatura, pintura, fotografía, música, cine, teatro… Lacan consideraba que los artistas “nos llevan siempre la delantera”, porque una pieza artística es de algún modo una interpretación particular de su tiempo.

¿Cómo entiendes los malestares contemporáneos? ¿en qué punto piensas que tu perspectiva puede conectar o ha conectado con el otro, con el público?

Manuel González Molinier, músico, psiquiatra y psicoanalista, socio de la sede de Málaga de la ELP: Ahora tengo miedo a que estallen los aviones.

La música underground es ideal para abordar temas alejados de clichés y modas. Permite además una relación singular con un público reducido, pero proclive a establecer con tu música un lazo fuerte. Durante más de diez años fui cantante, compositor y letrista de una banda de indie pop llamada Hazte lapón. El grupo tomó su nombre de un anuncio publicitario, y buscaba un efecto de sorpresa e hilaridad por la vía del sinsentido. El humor fue siempre la puerta de entrada a nuestro mundo y el modo de abordar el malestar de nuestra época. Pondré algunos ejemplos:

En nuestro primer single, “Momento kodak”, de 2010, nos burlábamos de la fascinación por la imagen que provocaban las primeras redes sociales. Una observación irónica en la letra señalaba la siniestra realidad oculta bajo el brillo de aquellos primeros selfies:

Porque tengo la impresión de que solo disfrutamos
Bebiendo mucho y hablando de todo lo que odiamos.

En 2013 lanzamos nuestro primer disco, “Bromas privadas en lugares públicos”. Incluía una canción llamada “En construcción”. En ella, un político en horas bajas se dirigía a sus posibles votantes como si se tratara de una relación de pareja en crisis:

Mírame ahora tratando de no proyectar sobre mí tus sentimientos oscuros
Que separan al mundo en medias naranjas y manzanas podridas
Cuando me dices que todo va a ir bien sé que piensas:
“francamente, lo dudo”
Pero son esas grandes frases las pequeñas piezas
de una vida tranquila.

En 2015 sacaríamos nuestro disco más aplaudido, “No son tu marido”. Lo abría una canción llamada “Hushpuppy”, que abordaba de nuevo el malestar que la grave crisis económica había dejado en la sociedad. Kim Jong-Un amenazaba con lanzar misiles nucleares y la gente parecía anhelar la destrucción del mundo, con la ingenua fantasía de reconstruirlo todo desde cero. Lo que empujaba debajo, ya lo avisamos, era la pulsión de muerte:

Hay gente en su casa esperando a que estalle la guerra de Corea
Como si esto fuera a arreglar el mundo roto de la clase media
Esperando a que se prenda una llama, cualquier, la que sea, por favor
¿Qué clase de tesoros hallaremos en el polvo después de la destrucción?

En 2018 sacaríamos nuestro último disco, “Tú siempre ganas”, que pondría fin a la carrera de la banda. La experiencia del análisis me permitiría hacer una lectura après coup de mis propias letras. La canción “Todas las fiestas” acababa con una frase en la que compartía con los oyentes mi propio malestar. También dejaba ver, quizá, un nuevo “saber hacer”:

Ahora tengo miedo a que estallen los aviones
En mitad del vuelo
Dejando una frase a medias
Pero no tengo miedo a lo que siempre he tenido
Desde que tengo recuerdo
Simple miedo a seguir vivo