Dos modalidades de entradas en análisis en la clínica infantil

En un análisis la pulsión se satisface en la transferencia, pero para llegar a ese tiempo, el de poder situarse como objeto causa del analizante en la clínica infantil, hay previamente que desbrozar al niño del discurso del Otro que lo denuncia. Desbrozar, quitarle al niño la maleza de los dichos de los otros que lo perciben disfuncionando, lo que supone a la vez poder apartar la demanda, ponerla en suspenso, sin olvidar lo que desvela para escuchar al niño.

Un análisis se inicia cuando la transferencia se anuda. Cuestión delicada en la clínica infantil porque la suposición de saber inicial de los padres hacia el analista – en el mejor de los casos- no implica que pueda ser transferida al niño.

En cuanto al niño, la suposición de saber suele aparecer encarnada en él, apenas dirigida al Otro. El saber sobre el goce que porta el niño es muy preciso, aunque él lo ignore, y la proximidad a sus Otros fundamentales empaña los significantes amos que condicionan su goce. Ocupado el niño mismo en darle un tratamiento a eso que irrumpe, en ficcionar lo que le está ocurriendo, suele haber escasa concesión al saber del Otro. Los niños, nos recuerda Miller, “no se confunden sobre el carácter de semblante de los saberes que les imponen”1.

¿Cómo intervenir entonces en una coyuntura tan compleja y entrecruzada de inicio, entre la demanda de los padres o educadores y lo imperioso del malestar o del síntoma, en los momentos donde el analista mismo debe operar con su no saber porque efectivamente ignora lo que al niño le ocurre? Tal entrecruzamiento puede extraviar a quien dirige la cura si no se orienta por lo real que anida en el síntoma del niño y que corre riesgos severos de quedar sepultado por la impaciencia, incluso del analista. Paciencia ante lo real, nos recomendaba Miller, para hacer lugar al momento oportuno de la impaciencia.

Causar la transferencia del niño es uno de los puntos más delicados de la clínica infantil.  De lo contrario, nada ocurrirá, aunque el niño acuda a sus sesiones. Mientras tanto, un manejo dúctil del semblante con los padres es requerido para que la transferencia termine de instalarse o no se negativice, ante la espera de los tiempos lógicos que la cura requiere.

Encuentro dos vías para que el acto del analista permita una entrada en análisis, que no son excluyentes entre sí ni correlativas. Por el contrario, ensanchan el campo de maniobra del analista según el momento subjetivo en el que se pueda intervenir.

La vía de la enunciación

La apuesta por el inconsciente transferencial en el encuentro con el niño es la apuesta por la vía de la enunciación para que un significante pueda extraerse y devenir significante de la transferencia. Apostar por la enunciación, estando advertidos de que el punto de partida en el niño es estar “capturado por entero en el juego de las dos líneas”2 del grafo, entre enunciado y enunciación.

Este señalamiento de Lacan es válido bajo dos presentaciones:

Por un lado, leer si con respecto al primer piso del grafo, donde se localiza el Otro que introduce el código, el pequeño ha consentido a pasar por él o es el analista el que debe introducirlo, haciendo con su presencia que las necesidades queden tamizadas por el lenguaje. Es el analista “en posición de validar el código del Otro”3, el que pueda dar las bases para que algo del goce quede capturado por los desfiladeros del significante y, de esa manera, ciña parte del goce deslocalizado que se pondrá al trabajo a partir de allí.

La operatividad en ese nivel no excluye otra que requiere un Otro tributario de una falta para que la enunciación advenga al segundo piso. La ausencia que se aloja en el Otro es condición de enunciación, de lo que resulta una indicación clínica muy precisa que concierne directamente al deseo del analista. Con su deseo incidirá sobre el yo de la enunciación, diferente al yo del enunciado. Cito tres de los numerosos ejemplos que encontramos en El Seminario 64:

  • En la formulación: “Tengo tres hermanos, Pablo, Ernesto y yo” el sujeto forma parte de la serie de los hermanos pero a la vez no consigue restarse como uno.
  • La enunciación que aparece como contradicción en lo no dicho: “Yo no digo que…”
  • Las formas irónicas que se usan para evitar hacerse cargo de lo que se dice: “Quien diga tal o cual cosa de tal […]”

Ese segundo piso es producido por el acto del analista que sanciona o enfatiza el enigma en lo que el niño acaba de decir, enigma que al pequeño le permite captar que el analista sabe algo de lo que le ocurre, por haberlo dicho él “entre líneas”. Cuando el analista le da valor y peso a eso que no está dicho, se producen momentos de constitución de sujeto que son los que anudan la transferencia y que luego se pondrán al trabajo, conmocionando el goce que encierra ese decir.

La vía del objeto

Sin embargo, la clínica infantil es susceptible en algunos casos de intervenciones más directas sobre el valor de goce del síntoma en las primeras entrevistas.

¿Cómo se puede operar con una pronta localización del objeto, si en una misma sesión el niño puede desplazarse de un relato a un juego, o de éste a contar un sueño, o pasar de esa narración a un dibujo o una gestualidad y volver a empezar? Porque, aunque parezca escamotearse detrás de variadas representaciones, el significante lleva su apéndice en el objeto a -en términos del Seminario XIV– y no solo escoge a la palabra hablada para trasmitir el rigor gramatical con el que el objeto está entramado en el fantasma. En los niños, la retórica es multiforme y ofrece mayor plasticidad a la mostración.

El objeto encubierto, ya en sea como suplemento o estando en vías de perderse, puede admitir cortes precisos en los primeros encuentros que lo separen del significante impidiendo la amplificación del sentido. La clínica me ha enseñado entradas en análisis bajo esta fórmula que no ahorran el trabajo de lectura inconsciente por parte del niño, pero fundan momentos inaugurales de la transferencia.

oberlinlorena@gmail.com

Lorena Oberlin es miembro de la ELP y AMP.

 

Notas:

  1. Miller, Jacques-Allain. “El niño y el saber”, revista de la Diagonal Hispanohablante y Americana Carretel nº 11. Bilbao, 2013, p. 12.
  2. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 6, El deseo y su interpretación. Paidós, Buenos Aires, 2014, p. 90.
  3. Miller, Jacques-Allain. “Interpretar al niño”, De la infancia a la adolescencia. Paidós, Buenos Aires, 2020, p. 35.
  4. Lacan, Jacques. Op. cit., p. 94.