El inconsciente y su emergencia, ¿cuestión de época?
El momento en qué surge el psicoanálisis no es cualquiera, dos siglos antes de que Freud descubra el inconsciente, Descartes había enunciado su cogito ergo sum, (pienso luego soy). Sin el cogito cartesiano, no tendríamos su fórmula invertida: “o no pienso o no soy”, que es la versión del cogito en psicoanálisis, la que da cuenta del sujeto del inconsciente a partir de una elección, no por el soy, sino por el “yo no soy”, que da al pensamiento su estatuto inconsciente.
El cogito del psicoanálisis, “o no pienso o no soy”, surge por una serie de transformaciones del cogito cartesiano, primero hay una intersección entre pensamiento y ser y después se niega esta intersección, convirtiéndolo en un “no pienso, no soy”, después, a partir de una operación de reunión se obtiene un “yo no pienso y yo no soy”. Finalmente, aplicándole a la reunión, la función de la elección forzada, el cogito cartesiano termina convertido en un: “o yo no pienso o yo no soy”, es decir en el cogito del psicoanálisis. Esta es la operación que realiza Lacan sobre el cogito cartesiano.
En su Reseña de la Lógica del fantasma1, Lacan nos propone una nueva alienación que ya no es la que presentó en el S-XI que servía para definir la Represión a partir de una elección forzada. Ahora, la nueva alienación que nos presenta surge como un rechazo del inconsciente a partir de una elección forzada por el “yo no pienso”. Se trata de un rechazo del inconsciente en la medida en que éste está hecho pensamientos2. Esta nueva perspectiva le permite a Lacan situar la práctica analítica, a partir de una posición primera de rechazo del inconsciente. Así pone de relieve lo que tiene de artificio el discurso analítico, y la manera en que este discurso permite dar lugar al pensamiento inconsciente en la experiencia analítica, puesto que para entrar en análisis es necesario revertir este rechazo a través de lo que llama aquí “operación verdad” sostenida en la transferencia. Gracias a la operación verdad, el sujeto, a costa de su ser, se entrega al pensamiento inconsciente.
Si bien, la elección primaria del $ no es tomar partido por el inconsciente, esto no fue siempre así sino que comienza con Descartes y su cogito, “pienso luego soy”, con el que privilegia el pensamiento consciente, y el “yo soy”. Es lo que encontramos en el dicho: “Yo soy lo que digo que soy”, presente en el discurso woke y la ideología trans.
“Pienso, luego, soy” es también la elección de la ciencia. Esta elección por el cogito cartesiano le da al psicoanálisis su lugar pues al elegir el “yo soy” “libera todo un espacio de pérdida del que nosotros sacamos provecho”3. El precio que paga el lógico positivismo por reducir la filosofía a ser una variante del mismo, es patente en sus publicaciones donde va a la par con las sabidurías orientales. Elegir el rechazo al inconsciente, es elegir el dominio y el desconocimiento del sujeto como efecto del lenguaje, en la que el yo se imagina amo de su ser. A esta elección Lacan se refiere como la “menos peor”, mientras que sitúa “lo peor” en la elección por el inconsciente, a toda costa. Pero por esta elección por el inconsciente, no se opta, uno se encuentra por sorpresa en ella. Lacan en 1970, cuando dice que es la peor, se refiere al peligro que supone preferir al inconsciente, desentendiéndose de lo real.
La práctica analítica enseña que el inconsciente puede ser invocado a partir de este “yo no pienso” y pasar después a un “yo no soy” a través de las emergencias de la verdad y de la transferencia. El psicoanálisis se sitúa necesariamente en el realismo lógico para el cual lo simbólico de la palabra se anuda a lo real del goce. Operamos con la palabra y tenemos necesidad de encontrar el cómo hacerlo. Lacan propondrá el ejemplo del oráculo que, ni revela ni esconde pero hace signo de lo real, como el mejor modo de usar la palabra en la interpretación sin desentenderse de lo real en juego. A lo que hemos de añadir que la lógica no borra lo oracular de la interpretación.
Un ejemplo: un analizante habla y su palabra es una queja. No puede hablar de otro modo, además, no para de hablar aunque su palabra no tenga peso ni autoridad con sus hijos, quienes han aprendido a quejarse como un modo de escaquearse de sus obligaciones. En sesión se queja de lo que pasa con sus hijos. La queja es un goce adherido a la palabra que viene de su madre, una mujer temerosa y quejica. Un día, consigue expresar lo que le pasa diciendo: “mi oído busca la queja”. Efectivamente, él consigue que el oído, que es un orificio que ni se cierra, ni está dotado de movilidad, busque y encuentre en la queja una manera de gozar obturando la posibilidad de escuchar algo diferente que la queja.
Quejarse no es lo mismo querer cambiar, puesto que goza de eso. Justifica su imposibilidad de callar en su nacionalidad, en su país se habla mucho, según dice.
Un día su analista interrumpe abruptamente su queja y con contundencia afirma: ¡jaque! Él se desconcierta, no entiende nada, la analista corta la sesión.
¡Jaque! Es una jaculación, un decir desligado del dicho, no explica nada. Si es una interpretación tendrá efecto, pero eso sólo lo sabremos après coup.
Araceli Fuentes es miembro de la ELP y AMP.
Notas: