Poema del encuentro

Podríamos decir que el dispositivo analítico, como cuando uno se da de bruces con un poema que impacta, es un campo de revelaciones, de sobresaltos, siendo el del psicoanálisis un escenario en el que a través del semblante podremos cernir la marca de goce, el acontecimiento que produjo el impacto del significante sobre el cuerpo; y cuya condición para su clínica es que sólo se da bajo transferencia.

Será la transferencia, la que permitirá al sujeto que se aventura, ceñir en su periplo el inconsciente como real. Para ello, habrá que diferenciar real y semblante. Cometido que se logra en el camino del síntoma, qué si al comienzo, en la demanda, se presenta en un breviario de quejas e impotencia, telón para la imposibilidad que el síntoma enmascara, el encuentro con el analista y su manejo de la trasferencia en las entrevistas preliminares, permitirá o no, dar paso a otra lectura.

Estrategia del analista y cuerpo, no solo de aquel que llama a nuestra puerta para paliar el sufrimiento, sino también del cuerpo del analista, que pone el suyo, la escucha y la lectura para propiciar el vacío en el que aquel alojará el objeto, precipitando con la interpretación que algo desfallezca; que el universo significante, repleto de significaciones del sujeto, vacile y se asome al abismo del sinsentido. Al modo del poeta, podríamos decir con Lacan, que hace estallar la norma de la lengua cotidiana. Y leer, desde un no saber advertido, el escrito que se desprende en la palabra del sujeto, para ceñir su goce enigmático. Ir más allá del plano de los ideales y las identificaciones. Ir más allá de la regulación del goce.

Interpretación que sólo tendrá efecto a través del amor, pues la experiencia analítica se nutre de ese amor misterioso, que da y quita, que fragua la transferencia para recorrer el camino del sentido a la letra. Interpretación así, que anuda amor y pulsión, no es una hermenéutica, y que necesita no sólo de la presencia del analista, sino de su deseo, un deseo inédito, pues se trata de un deseo vacío de sentido y esperanza. Que al dirigirse a aquello que el síntoma ha cifrado en su función de velo, desmoronará la queja, para volverlo síntoma analítico; dando lugar a un cambio en el discurso, en el que el síntoma ya no es sólo un mensaje, sino una manera de gozar. La aparición del inconsciente en la palabra, que abrirá quizá la puerta a eso Otro que nos habita y desconcierta.

El amor de transferencia entonces, sostendrá el semblante que propicia la cura, permitirá un camino en el paciente, pues la entrada en análisis supone el establecimiento del inconsciente transferencial, siendo ese amor el que dará base al sujeto supuesto saber, «la transferencia solo puede pensarse a partir del sujeto a quien se le supone el saber», señalará Lacan1, pues el paciente busca el saber que le supone al analista y que espera de la interpretación de este, dándose así la vía al inconsciente como Otro y una senda para transitarlo. Pues «si la lengua no sirve como tal para la comunicación con otro, sino que sirve al goce, la interpretación es imposible. Sin embargo, a veces, una palabra, parece que hace surgir al Otro como tal. A veces, excepcionalmente, se dice algo nuevo, más allá de la triste repetición, algo imprevisto (…) eso hace creer en el Otro (…) esta palabra del Otro, constituyente del Otro, la podemos llamar interpretación»2.

El analista ofrece así el deseo que su acto conlleva, para que pueda revelarse en ese lugar el deseo de quien demanda. Un despertar, un consentir a la revelación, con el amor y a pesar del amor. «Hay el despertar del interés cuando surge algo que se hace causa del deseo»3.La resonancia que introduce el Uno de goce. Uno que no se complementa.

Sin embargo, cada vez es más complejo mantener hoy esta apuesta para alcanzar un trozo de real, en un escenario que promueve la exigencia de garantías, frente al saber siempre en falta, el vacío que diga lo que es un analista y una transferencia que no se jugará recíproca.

Lacan señaló que el proceso terapéutico lo es por añadidura, pues el analista no parte de una idea que dice lo que conviene al sujeto, cuestión que, en ocasiones, si hay infatuación de saber por parte del analista, se olvida. Y la época empuja, pues exige sutura en sintonía con el mercado, ajeno a una ética del deseo y un abordaje del goce.

Como herramienta poderosa, condición de la entrada y sostén del camino, nos quedará ese amor y ser incauto del semblante.

marianavarrop@telefonica.net

Maria Navarro Pacheco es miembro de la ELP y AMP.

 

Notas:

  1. Lacan, Jacques: El Seminario, libro 11. Los cuatro conceptos del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires, p. 261.
  2. Miller, Jacques-Alain: Introducción a la clínica lacaniana. Conferencias en España, RBA, Barcelona, p. 443.
  3. Ibid., p. 344.