La urgencia en el hospital pediátrico
Cuerpo, síntoma y goce
¿Qué puede hacer un psicoanalista entre médicos? ¿Qué aporta con su práctica?
La práctica de interconsulta en el hospital pediátrico aboca al psicoanalista a la tarea de encontrar modos de introducir el discurso del psicoanálisis en una institución regida por el discurso de la ciencia. Ya en el año 1966, Lacan llamaba la atención respecto del “rapidísimo cambio que se está produciendo en lo que llamaría la función del médico y en su personaje”1.
El reto de hacer lugar a la subjetividad en este ámbito lleva implícita una apuesta por lo singular frente a las categorizaciones universales y una política del síntoma que, a diferencia de la medicina, lo entiende como un modo de respuesta del sujeto, no busca suprimirlo sino interrogarlo y no lo considera un índice de enfermedad.
Por otra parte, esa apuesta por la subjetividad concierne no sólo al niño o adolescente y sus padres, sino también al médico, quien la pone en juego en el modo de ejercer su función, en el modo de encarnar su “personaje”. Así, el psicoanalista que trabaja como parte de un equipo pediátrico, puede orientar su intervención a partir de leer los personajes en juego y el entramado de transferencias que se despliegan en cada caso.
Cuerpo, síntoma y goce
Habitualmente somos convocados por el médico en relación a algo que no funciona, situaciones en las que su saber encuentra un límite. Son casos que interrogan y desconciertan al pediatra: la evolución de un paciente no se corresponde con la evolución típica de la enfermedad, un síntoma contradice los signos objetivables, una medicación no hace el efecto esperado, una familia no colabora con el equipo médico, un adolescente rechaza el tratamiento, etc. Situaciones que de una u otra forma ponen en escena el “misterio del cuerpo que habla”2 y la irreductibilidad de la singularidad frente al universal de los protocolos y al ideal de curar.
Así, podemos afirmar que la práctica del psicoanalista en el hospital pediátrico es una práctica ligada a los misterios del cuerpo. Estamos allí para recordar que hay una “falla epistemo-somática”3 en la relación de la medicina con el cuerpo dado que, en muchas ocasiones, los trastornos o disfuncionamientos del cuerpo desafían las leyes anatómicas y fisiológicas, poniendo de relieve la dimensión de goce, la dimensión libidinal, el hecho de que el cuerpo humano está marcado por la palabra.
Esta perspectiva de abordaje del cuerpo más allá de la biología está desde los inicios del psicoanálisis en el modo en Freud pudo caracterizar los síntomas histéricos, pero fue a partir de Lacan que sabemos que el cuerpo “no se caracteriza simplemente por la dimensión de la extensión: un cuerpo está hecho para gozar, gozar de sí mismo”. A partir de su enseñanza, el goce deviene “propiedad y afección del cuerpo viviente”, “atributo esencial”4 del cuerpo.
Las urgencias en la planta
Al igual que con el síntoma, pediatras y psicoanalistas, no acogemos a la urgencia del mismo modo.
Ante la urgencia, el pediatra busca restablecer el buen funcionamiento del organismo cuanto antes. Hay que correr, hay que compensar, hay que resolver. La prisa en el manejo del paciente es fundamental dado que en muchos casos define de manera drástica el pronóstico y el “después” de la urgencia. La demanda al psicoanalista puede venir a posteriori, cuando se hace presente la dimensión de lo real que se ha puesto en escena y cada sujeto a su manera y con sus recursos acusa los efectos.
Hay otro tipo de urgencias, que no comportan un peligro vital, pero sí un llamado a intervenir, una demanda perentoria. Es en este terreno de la demanda en el que el psicoanalista puede trabajar junto con el médico. En estos casos, la intervención del psicoanalista introduce la dimensión subjetiva en la urgencia propiciando una pausa que habilita la pregunta: ¿Quién está urgido? ¿Qué es lo que urge? ¿Cuál ha sido el elemento que desató la urgencia? Interrogar y leer la posición subjetiva del que demanda urgentemente, permite ubicar qué hay en juego. La pausa permite ubicar la lógica de la precipitación de la urgencia.
En ocasiones se trata de lo real del cuerpo bajo la forma de un goce que invade y desestabiliza, en otras es el real de la muerte que se pone en escena y confronta al sujeto a la pérdida y al agujero. A veces la urgencia es respuesta a situaciones que contravienen la “ley de la vida” desvelando el sinsentido de la misma, en otras es el misterio del dolor del cuerpo hablante el que se manifiesta.
Las urgencias relativas al dolor y a determinados síntomas como pseudocrisis epilépticas, desmayos o síntomas digestivos, exigen una clínica diferencial. Estos son casos en los que la complejidad del tratamiento del cuerpo y lo que lo afecta habilita un trabajo en equipo una vez que el médico puede aceptar que no se trata de que el paciente simule ni lo engañe. Precisamente respecto del dolor, Lacan destacaba que “hay goce en el nivel donde comienza a aparecer el dolor” y que a ese nivel se experimenta “toda una dimensión del organismo que de otro modo permanece velada”5. Partiendo de este presupuesto, la clínica diferencial y la clínica del dolor constituyen un terreno de práctica e investigación en el que la conversación entre disciplinas resulta imprescindible.
En cualquier caso, la presencia y disponibilidad de escucha del psicoanalista no sólo enriquece la clínica sino que evita violencias institucionales.
Gabriela Medin es miembro de la ELP y AMP.
Notas:
- Lacan, Jacques. “Psicoanálisis y medicina”, Intervenciones y textos 1. Manantial, Buenos Aires, 1985, p. 87. ↑
- Lacan, Jacques. El Seminario, libro 20, Aun. Paidós, Buenos Aires, 1981, p.158. ↑
- Ibid., p. 92. ↑
- Miller, Jacques-Alain. “El goce no miente”, Sutilezas analíticas. Paidós, Buenos Aires, 2015, p. 266. ↑
- Lacan, Jacques. “Psicoanálisis y medicina”. Op. cit., p. 95. ↑