Una apuesta por lo singular

“¿Qué es de lo que de este inconsciente hace ex-sistencia? (…)
¿Qué es decir el síntoma? Es lo que del inconsciente puede
traducirse por una letra en tanto que solamente en la letra
la identidad de sí a sí está aislada de toda cualidad”1.

 

Estas palabras de Lacan que corresponden a su última enseñanza ilustran muy bien de lo que se trata en un análisis. Al principio el síntoma es una verdad que no puede ser alcanzada por el desciframiento, que resiste al saber. Más adelante, síntoma y fantasma se reunirán en un nuevo concepto, que puede escribirse con la marca de una letra singular, el sinthome. Como señala Miller2, entre el Seminario 19 y RSI Lacan se esfuerza por articular en la escritura del nudo lo que insiste para afirmar que el síntoma no cesa de escribirse. Con estas coordenadas, entonces, ¿cómo pensar la transferencia y la interpretación, pilares fundamentales de un psicoanálisis?

Por otra parte, ¿en este marco qué significa que el deseo del analista no es un deseo puro sino que aspira a obtener la diferencia absoluta? ¿Podemos tomar esta indicación que encontramos al final del Seminario 11 como una brújula que permite al analista orientarse desde el primer momento? Para Lacan esa diferencia pasaría por introducir una separación entre el objeto a y el Uno, en tanto que significante que marcó al sujeto y del que éste se sirve como carta de presentación. La distancia entre ellos por mínima que sea indica que la conjunción entre ambos resulta imposible. No obstante, el parlêtre no renuncia a alcanzarla para con ella darse una identidad, poniendo de manifiesto que en su fracaso sólo puede escribir el síntoma una y otra vez.

Un sujeto consulta cuando lo que en apariencia marchaba bien y le ofrecía una estabilidad empieza a tambalearse. Aquella armadura con la que se defendía ya no le es útil para enfrentar los avatares de la vida. Cabe interrogarse, no obstante, sobre lo que busca realmente y si es posible transformar la demanda de un saber preestablecido para eliminar el malestar en una interrogación.

En las entrevistas preliminares el síntoma podrá ir tomando forma en un relato dirigido a un otro al que se le supone un saber con el anhelo de descifrar y otorgar un sentido al malestar que le aqueja. Se trata también de poder darse el tiempo de verificar si quien consulta está dispuesto a producir alrededor de su síntoma un texto que dará a leer.

Es un tiempo clave en el que no basta con el acogimiento de la demanda. Jacques-Alain Miller nos recuerda3 que no sólo hay una escucha que acoge y una invitación a la regla fundamental de la asociación libre, debe haber lugar, asimismo, para un consentimiento, una Bejahung inaugural, un sí del analista pero también del futuro analizante.

Además, tal y como señala Miriam Chorne en su texto de orientación, hace falta el acto, una intervención del analista que tenga en el horizonte la indicación de Lacan sobre la diferencia que abrirá el espacio para la emergencia de lo más singular del encuentro con lalengua en ese parlêtre.

Pero ¿cómo dar lugar al acto del analista que inaugure otro tiempo en el despliegue de la demanda y la entrada en otra lógica en un momento en que prima la búsqueda de la solución inmediata? Ya en el comienzo de su enseñanza, incluso en su período más estructuralista, Lacan puso en cuestión la teoría de la comunicación para señalar su punto de fracaso en el reino del malentendido. De ello dan cuenta hoy más que nunca los cuerpos hablantes desconcertados por la no correspondencia entre el significante y el significado, la no proporción entre los cuerpos sexuados, entre los goces.

Como podemos leer en Miller, “el fenómeno elemental está ahí para manifestar el estado original del sujeto con la lengua”4 porque deja ver el efecto del significante solo e insensato cuyo núcleo constituye una opacidad irreductible e inaccesible por el sentido. Toda interpretación, por tanto, apuntará a separar, escandir, interrumpir la inercia de la cadena significante que tiende siempre a recomponer el delirio interpretativo en bucle. Provocar el cortocircuito de esa inercia permite que se instale otra lógica que dé lugar al Uno del sinsentido, en tanto respuesta a lo contingente y singular de un encuentro.

En ese sentido, si para quien consulta se pone en marcha una suposición de saber, del lado del analista, cuando recibe a alguien lo hace apostando por que haya ahí un sujeto del inconsciente que puede antes o después hacer acto de presencia a través de las diferentes formaciones. Pero, no sólo, ya que el analista orientado por la búsqueda de la marca de ese encuentro contingente que se escribió de manera única y singular para cada uno, tendrá que apuntar a hacer resonar lo que no deja de insistir en ese parlêtre y que no puede reconocer. En esa resonancia se podrá ir despejando el Uno que anhela coagularse al objeto (a) y que desorienta al sujeto en busca de una identidad dentro del “para todos”, de ese otro Uno solo que itera a partir del equívoco que escribió el sinsentido del síntoma para poder hacer ahí con él otro anudamiento.

cmeyer@telefonica.net

Constanza Meyer es psicoanalista miembro de la ELP y AMP.

 

Notas:

  1. Lacan, Jacques. El seminario, Libro 22, RSI (1974-1975). Inédito, clase del 21 de enero de 1975.
  2. Miller, Jacques-Alain. Los signos del goce. Paidós, Buenos Aires, 1998, pp. 237-254.
  3. Miller, Jacques-Alain. Causa y consentimiento. Paidós, Buenos Aires, 2019, p. 41.
  4. Miller, Jacques-Alain. “La interpretación al revés”, Entonces, SsSh. Edic. Eolia, Barcelona, 1996, p. 12.