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Amanda Goya
Amanda Goya

¿Mañana el psicoanálisis será lacaniano? Se preguntaba Michel Silvestre a mediados de los años ochenta, poco antes de su prematura muerte1. Es menester casi cuatro décadas después responder con una aserción: o el psicoanálisis es lacaniano, o no es psicoanálisis, a condición de un aggiornamento que era forzoso acometer, para saber leer las coordenadas de este convulso siglo XXI, a medida que el creciente imperio de la hybris del goce se expande sobre los cuerpos hablantes como lava de un volcán, generando nuevos malestares propios del exceso y la intemperancia.

Si seguimos la perspectiva trazada en el texto que argumenta el título de las próximas Jornadas: Del Malestar al Síntoma, las clásicas nociones que permiten esclarecer las entradas en análisis de sujetos neuróticos quedan problematizadas, si no obsoletas, para responder a muchas de las demandas de hoy, cuando constatamos cómo el inconsciente empalidece, siguiendo los pasos del padre.

¿Dónde van a parar nuestros pilares de toda la vida: el inconsciente y la repetición, la transferencia y la pulsión, nuestros caros cuatro conceptos fundamentales que Lacan erigió para sostener la arquitectura de nuestro edificio? También parecen reclamar una puesta al día, para bien servirnos de la enseñanza última, de ese inmenso tesoro que puso en nuestras manos Jaques Lacan.

El fue quien más lejos proyectó su mirada hacia el futuro profetizando muchos de los fenómenos a los que estamos asistiendo, dominados por la supremacía del discurso capitalista que forcluye la castración, y por tanto, al sujeto. Por fortuna sus discípulos contamos con un inmenso legado para acometer el tratamiento de los malestares que aquejan hoy al parlétre, véase: una topología nodal con la que concebir y tratar a los seres hablantes que demandan aún ser escuchados en medio del ensordecedor ruido del mercado, y al mismo tiempo, con una política del psicoanálisis orientada por lo real del sínthome, a la que con justa razón llamamos “nuestra pragmática lacaniana”.

Esto solo es posible si no bajamos los brazos, si pese a los obstáculos tomamos la responsabilidad de reinventar cada vez nuevas formas de tratar a cada uno de los pacientes que llegan a nosotros, hoy más bien, impacientes.

Es en este marco que podemos hablar de “malestares, demandas y puesta en forma del síntoma”, después de situar las actuales coordenadas de la “civilización”, si es que aún podemos conservar este término; o al menos, ya no cabe dar al malestar el sentido freudiano: ser la consecuencia de la represión del goce. Si el deseo se funda en una prohibición de goce, su contrapartida, el imperativo a gozar que hoy nos tiraniza, anula, o incluso, puede destruir la dimensión del deseo como motor de la existencia humana.

Pensar y practicar la clínica hoy con la brújula de la enseñanza de Lacan nos lleva a constatar, que del rechazo del inconsciente y la transferencia que le es propia no se salvan ni los neuróticos, pues cada día parece más difícil producir en ellos el inconsciente, como ocurre con muchos adolescentes.

Así pues, si la puesta en forma del síntoma es condición para que pueda ser analizado, el declive del inconsciente reduce el campo de esta operación propia de la entrada en el análisis en la neurosis, léase: cuando el analista en posición de semblante del objeto que causa el deseo, se torna el complemento del síntoma que encarna al Sujeto-supuesto-Saber sobre su verdad. La tríada interpretación-transferencia-rectificación subjetiva, se vuelve entonces posible.

No es el caso en las psicosis, ni ordinarias ni extraordinarias. Lacan no habló de psicoanálisis de la psicosis, sino de su tratamiento posible, y éste lo es a condición de no interpretar el goce sino de atemperarlo, acotarlo, mermarlo, volverlo más tolerable. No se trata aquí de la división del sujeto del inconsciente, ni de la transferencia que llama a la puesta en forma del síntoma, sino de detectar los “signos del goce” que señalan la forclusión, para erigir un parapeto contra ella, al propiciar una singular invención en cada parlêtre que mejor regule la desmesura de su goce.

¿Podemos hablar de entrevistas preliminares en las psicosis?

No estoy muy segura, o en todo caso, a condición de situar las coordenadas propias de los sujetos “desabonados del inconsciente”, que van en aumento y pueblan día a día las instituciones y nuestras consultas. Los hablantes con los que debemos lidiar en estos tiempos, no son tanto hijos de sus padres como producto de la colisión entre lalangue y sus atormentados cuerpos: esto vale tanto en la lógica continuista como en las seculares estructuras clínicas antaño acuñadas, que siguen auxiliándonos para leer los casos, pues una perspectiva universal y una singular pueden convivir sin anularse la una a la otra.

En el tratamiento posible de las psicosis convengamos en la necesidad de estar alertas a la detección de los llamados “signos discretos de la forclusión”, cuando la psicosis no se ha desencadenado. Ciertos matices, tonalidades, intensidades, señalan algo crucial para orientarnos en este campo: una perturbación en el sentimiento de la vida, consustancial al sujeto psicótico.

¿Qué se trata de obtener, pues, como indicio del franqueamiento de cierto umbral a nivel de la enunciación, o de un uso peculiar de la palabra que conlleve consecuencias para la vida?

A mi juicio, se trata de obtener un consentimiento a conversar con quien ocupa el lugar del analista, que allí debe tomar la posición llamada por Lacan: hacer el par con el parlêtre2. ¿Podríamos hablar, es mi hipótesis, de una cierta puesta en forma de las defensas que alejen al susodicho de los riesgos de destapar el agujero forclusivo? . Las maniobras enraizadas en el deseo del analista no apuntan sino al anudamiento que un sinthome puede aportar a la estabilización de un parlêtre.

Dicha estrategia es también válida en el tratamiento de las psicosis extraordinarias, aplicada según la diferencia absoluta de cada ser hablante bajo transferencia. Cuando los signos son más que indiscretos, la estrategia es semejante, no así la táctica, que echa mano de un conjunto de recursos entre los cuales se incluye la farmacología.

Considerar al síntoma como un “acontecimiento de cuerpo” no desmiente que pueda tratarse de una señal de la forclusión, cuya puesta en forma es inducida por la maniobra del analista contra la tiranía del goce.

Orientarse por los signos de la forclusión es la mejor táctica para una puesta en forma del síntoma promovida por el analista, buscando obtener el consentimiento del parlêtre a servirse de ese médium que es la palabra, con el silencio que la acompaña, y con los operadores de corte que dan cuerpo a su acto.

agoyapinto@gmail.com

Amanda Goya es Miembro de la ELP y AMP.

 

Notas:

  1. Silvestre, Michel. Mañana el psicoanálisis. Ed. Manantial, Buenos Aires, 1988, p. 14.
  2. Lacan, Jacques. "Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11", Otros Escritos. Ed. Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 601