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Jorge Sosa
Jorge Sosa

Si decimos que un niño o un adolescente es un analizante de pleno derecho, es porque consideramos que el sujeto del que se ocupa el psicoanálisis no es el individuo biológico o psicológico, que no ha concluido su desarrollo, sino un sujeto nacido del verbo, que como tal está determinado por la estructura del lenguaje. Sin embargo, la fórmula puede dar lugar a malentendidos, ya que en este campo debemos tener en cuenta ciertas particularidades, como su relación de dependencia respecto al adulto o su edad.

Respecto a la primera, es evidente que los padres tienen un poder sobre él, no solo debido a su necesidad de protección, sino porque son el punto desde el cual se mira y desde el cual habla.

J.-A. Miller cita un pasaje del Seminario de Lacan, que dice lo siguiente: “En el niño, algo no ha sido aún acabado, precipitado por la estructura, no ha sido aún distinguido por la estructura”1. Eso significa – según Miller - que el Ideal del Yo aún no ha sido introyectado y “se pasea por fuera”, lo que hace necesario escuchar a su entorno, especialmente a sus padres2.

La segunda de las particularidades implica que el analista debe tener en cuenta las formas de expresión del sujeto según su edad y también sus preferencias, porque ya forman parte de su modo de gozar del inconsciente.

Aunque, es cada vez más frecuente que los niños pidan para ir a “hablar con alguien” si se sienten mal, en general son los padres quienes consultan. Es un momento importante, en el que no podemos confundir lo que ellos dicen sobre su hijo con lo que él tiene para decir, ni tampoco esa demanda con el comienzo de un análisis.

Siguiendo a Miller, se podría decir que un análisis comienza “como una psicosis”. Eso significa que comienza con un momento de perplejidad, cuando el sujeto interpreta cierto acontecimiento de su vida como un significante, es decir, que eso significa algo que le concierne, aunque no sepa qué es3.

Visto desde esta perspectiva, un análisis comienza con una interpretación – eso significa algo – que llama a un saber sobre lo que eso significa. Y en esta respuesta ya se manifiesta algo de la estructura porque, por ejemplo, el sujeto puede suponer que esa significación oculta está en su inconsciente y dirigirse a Otro con una demanda de saber, pero también puede rechazar esa suposición y desencadenar un delirio de persecución.

Así que, para situar el comienzo de un análisis, podríamos diferenciar dos tiempos. Un primer tiempo en el que un encuentro con lo real expulsa al sujeto del universo imaginario en el que se sostenía y hace que se dirija a Otro, que puede ser cualquiera, con la expectativa de cerrar esa brecha que se ha abierto en él. Aquí es donde podemos ubicar los efectos de la transferencia en su vertiente de sugestión que explotan las diferentes psicoterapias. Pero también puede abrirse un segundo tiempo, si el Otro al que se dirige responde como un analista, es decir que no responde con un saber sino con un deseo de que sea el sujeto el que se ponga al trabajo de producir un saber - o un saber hacer - con ese goce que lo trastorna. Es en este segundo tiempo, en que el sujeto se vuelve analizante de sus propios dichos, que podemos decir que comienza realmente un análisis, o un tratamiento analítico, según la estructura de que se trate.

Ahora bien, igual que Lacan afirmó que el final de un análisis depende del principio, también el comienzo está determinado por cómo concebimos el final. En su texto Hay un final de análisis para los niños4, Eric Laurent aborda este punto, partiendo de lo que significaría en psicoanálisis hacerse mayor.

Sabemos que en las diferentes culturas este momento se sitúa en la pubertad. Sin embargo, Freud descubrió que la pubertad es también una puesta a prueba de las soluciones que el sujeto encontró en la infancia al empuje de la pulsión y al encuentro con la castración. Que ese sujeto pueda afrontar como un adulto las contingencias de su vida futura, dependerá de cómo respondió en su infancia a ese traumatismo.

Entonces, desde la perspectiva lacaniana que introduce Laurent, el análisis con niños o adolescentes no puede consistir únicamente en acompañarlo en la construcción de un saber fantasmático que vele lo real –ya que esto lo dejaría expuesto al retorno del saber rechazado -sino que como analizante debería poder inscribir, un saber inolvidable, cierto decir sobre la imposibilidad de ser todo para el Otro. Esa sería la condición para hacerse mayor.

Como se ve, el comienzo implica siempre una perspectiva del final, puesto que ese real que irrumpe al principio como un significante sin sentido – una pesadilla que se repite, un miedo incomprensible, un pensamiento indeseable, un impulso incontrolable, una voz que no calla… - será lo que reste al final como ser del sujeto ahí donde el Otro lo ha dejado solo. Esta es una problemática que encontramos desde la primera infancia como un síntoma, el miedo a la soledad. Así que llegar a saber algo de eso como saldo de un análisis, puede permitirle a un niño o a un adolescente, afrontar en mejores condiciones los avatares de la vida adulta, o sea, con menos riesgo de caer en la angustia o en la enfermedad. Creo que Freud se refería a esto cuando afirmaba que el psicoanálisis es una educación para la realidad.

jorgesosamenoni@gmail.com
Jorge Sosa es miembro de la ELP y la AMP.

 

Notas:

  1. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 6, El deseo y su interpretación, Paidós, Buenos Aires, 1958-1959, p.90.
  2. Miller, Jacques-Alain. Interpretar al niño, Carretel número 12, Revista de la Nueva Red Cereda, Bilbao, 2004.
  3. Miller, Jacques-Alain. Donc, Paidós, Buenos Aires, 2011, p. 299.
  4. Laurent, Eric. Hay un final de análisis para los niños, Colección Diva, Buenos Aires, 1999.