citas bibliográficas
Malestares, demandas y puesta en forma del síntoma
“La sesión analítica es la sesión lógica para Lacan. Es decir que, en el sentido de Lacan, una sesión va de un desplazamiento lógico hacia una conclusión, un desplazamiento orientado por lo que él ha llamado el pase, lo que quiere decir que un análisis se concluye como un problema. Se podría incluso decir que si ha puesto el acento sobre las entrevistas preliminares es porque tenía la idea de que era preciso primeramente reunir los datos.”
Miller, Jacques-Alain. “El tiempo lógico”.
Revista El Psicoanálisis nº 1, 2000, p. 17.
“Ha resultado de particular interés aislar los distintos modos en los que el sujeto ha sido conducido al análisis, las formas en que se encontró con algo irreductible al saber que le hizo causa de un deseo de saber. Ese algo irreductible que se hizo causa de un deseo de saber. Ese “algo irreductible” da testimonio de la dimensión del objeto que ha encontrado entonces a lo largo del análisis en curso, distintas formulaciones que van depurando su estructura y su significación en el fantasma.”
Varios Autores. “Informe del Cartel del Pase de la ELP (1997-1999)”.
Revista El Psicoanálisis nº 1, 2000, p. 44.
“La no proporción sexual está a la entrada del análisis, hecha del encuentro con lo que no va, su síntoma, pero no lo sabremos sino a la salida porque se produce la separación, el despegamiento, hay una distancia entre lo verdadero y lo real como imposible. La cuestión reside en saber, como nos invita J.-A. Miller, si el producto de un análisis es del orden de lo real o del acceso de lo real (de un trozo de real) a lo simbólico.”
Roch, Marie-Helène. “¿Cómo me he formado? ¿Y ustedes?”.
Revista El Psicoanálisis nº 2, diciembre de 2001, p. 12.
“Sean cuales sean los méritos del amor, permite que de ese vínculo se desgaje una fórmula mediante la cual el sujeto se conecta con él. En esta perspectiva, es posible extraer, para todo sujeto, la fórmula mediante la que se liga a su partenaire síntoma. Aunque no se pueda escribir la relación sexual hombre-mujer, que permanece vacía, se puede no obstante, extraer el texto de lo que ocupa su lugar. El acto analítico sostiene esta perspectiva.”
Laurent, Dominique. “Acto y subversión del saber. Autorizarse por sí mismo”.
Revista El Psicoanálisis nº 2/3, diciembre 2001, p. 16.
“En nuestro código podríamos traducirlo con la fórmula siguiente: “todo problema es fantasmático”. […]
“Una vez atravesado el fantasma, solo queda identificarse con el síntoma, es decir, con lo que no se puede cambiar, produciéndose de esta forma una relación en armonía con “lo que carece de problemas” […] Se trata de un masoquismo inteligente, someterse a la voluntad del Otro con mayúscula. Y si se piensa que la formación analítica se cumple cuando se logra obtener la identificación con el síntoma, ello también implicaría un “no actuar en contra”.”
Miller, Jacques-Alain. “El desbroce de la formación analítica”.
Revista El Psicoanálisis nº 2/2, diciembre 2002, p. 37.
“El acto, como testimonio de la ausencia de una norma fundamental: la ausencia de relación entre el hombre y la mujer […] Diferentes suplencias pueden venir al lugar de esta ausencia: una posible es el síntoma, otra, el acto perverso. El síntoma es una suplencia poco satisfactoria porque el goce del síntoma es experimentado por el sujeto como displacer y tiene sobre él efectos de división mientras que el acto perverso implica un goce placentero […] como modo de hacer con la inconsistencia del Otro.”
Fuentes, Araceli. “La especificidad del acto perverso”.
Revista El Psicoanálisis nº 2/3, diciembre 2001, p. 65.
“Entonces, el “soy eso”, […], venía como formando parte de la personalidad del sujeto. […], Freud distingue esa modalidad de presentación, del síntoma que se lleva al análisis que debe incluir siempre una extrañeza. Tal identificación no facilitó, ni suele facilitar en general, la orientación diagnóstica.
[…] podemos darle otro valor a la mencionada identificación: el de permitir al sujeto en el lugar de la precariedad del vínculo con el Otro, un cierto ámbito social.”
Díaz Massó, Eugenio. “Un cuerpo sutil”.
Revista El Psicoanálisis nº 2/ 3, diciembre 2001, pp. 89-90.
“No es necesario que el analista haga de terapeuta para que haya psicoterapia. Si no hace nada, inevitablemente habrá psicoterapia, incluso puede haberla “haciendo que no haya”. La pronta desaparición del malestar, muy frecuente en las entrevistas iniciales, […], puede ser muy oportuno para animar al paciente a la aventura de la experiencia de la división subjetiva. Pero también puede ser también lo que Lacan llamo “lo peor”, el silencio.”
Tazedjián, Juan Carlos.
“De la psicoterapia al psicoanálisis. Una entrada en análisis”.
Revista El Psicoanálisis nº 2/ 3, diciembre 2001, p. 103.
“La supervisión posee dos dimensiones diferentes: por una parte se trata de asegurar que el psicoanalista puede hacer entrar al sujeto en el discurso analítico; y en esta vertiente el control considerará y colaborará con el analista en las distintas funciones necesarias para lograrlo. Tomará en cuenta el diagnóstico que ha realizado de quien se ha dirigido a él, se preguntará ¿sabe el analista situar la posición de quien habla respecto de sus dichos?, ¿es capaz de mantenerse en la posición que permite al paciente asumir sus dichos?, etc. Estos problemas relativos a la entrada en análisis son considerados por Miller, en su Introducción al método analítico, como idénticos a los principios válidos para sostener una supervisión.”
Laurent, Éric. “Del buen uso de la supervisión”.
Revista El Psicoanálisis nº 4-5, julio 2002, pp. 49-50.
“Cómo entrometerse siendo que la única manera de entrometerse correctamente implica precisamente una cierta desidentificación. Lacan responde a la intromisión con una complementación. El analista complementa el síntoma del analizante. La manera de funcionar del analista es complementar. Lo enfatizo porque tenemos en nuestra doxa una idealización de la separación, del descompletamiento. Pero no funcionamos así. Como analistas funcionamos completando al síntoma del analizante”.
Chorne, Miriam; Klotz, Jean Pierre; Alemán, Jorge.
“La formación, una tentativa de desidentificación
(Seminario Itinerante de la EPP)”.
Revista El Psicoanálisis nº 4-5, julio 2002, p. 62.
“De entrada, cada análisis empieza aplicado al síntoma. Y se termina, se llega al final con la identificación con el síntoma, esto significa que el síntoma no se franquea, no se atraviesa, no se deja atrás. Ahora bien, entre el síntoma del inicio y el del final debe haberse producido una mutación. Al principio lo que está en juego es el disfuncionamiento del síntoma, aquello que no va, aquello que hace sufrir por ser impracticable. En cambio, al final del análisis el síntoma, el sinthome, tiene otro estatuto, un estatuto real, hasta el punto que llevar la experiencia analítica hasta el final implica la experiencia del síntoma en tanto que funcionamiento, es decir, un sujeto identificado con su modo de goce, es lo que da la medida del savoir y faire con el síntoma, es cuando el síntoma se hace practicable.
[…]
El sujeto entró al análisis con el síntoma del esfuerzo, un esfuerzo que estaba articulado a la mortificación y que no tiene nada que ver con el forzamiento pulsional del que hablábamos hace un momento. En el síntoma de la entrada el objeto escópico ocupaba un lugar preponderante; se trataba de encontrar la mirada del Otro, aún al precio de lo fallido.
El síntoma analítico se formalizó con la interpretación del analista. El analizante expresaba en sesión lo que no funcionaba, utilizando como apoyo, como muleta, el es … que …,” es … que … tal cosa”,” es … que … tal otra”. Hasta que en una sesión el corte del analista lo sacó de la posición de queja diciéndole: “se trata de pasar del es… que… al sé que”.
Fue una interpretación que orientó la cura del sujeto y que se fue modulando a lo largo del análisis, trazando un arco que iría del inicio al final de la cura. En esta ocasión no se trataría de ir del padre a lo peor como en su anterior experiencia analítica, sino del padre al más allá del padre, del Otro sin tacha al Otro tachado, de la impotencia a la imposibilidad.”
Esqué, Xavier. “Re-inventar el psicoanálisis aplicado”.
Revista El Psicoanálisis nº 6, 2003, p. 10-12.
“Lacan practicaba las primeras entrevistas con habilidad pesquera inimitable. Dejaba el sedal de la transferencia tan suelto como conviniera para, llegado el momento, sacar bruscamente al pez del agua precipitando la entrada en análisis.
Entrada que en los casos que he podido revisar lleva siempre la firma de la sesión corta o, al menos, variable. Pasemos a dar algunos ejemplos.
En las primeras entrevistas con Lacan “… había tiempo para extender la conversación, hasta para tomar, en algunas oportunidades, una copa de Jack Daniels. Lacan afirmaba que era lo mejor que había encontrado en los EE.UU. (este analizante era un profesor de literatura norteamericano). Pero esta atmósfera no iba a durar mucho tiempo. El comienzo del verdadero análisis lo indicaba el gesto que le dio mala fama: la sesión breve. La primera es sin duda la más memorable. Llegamos a nuestra sesión, digamos, con un humor bastante bueno. Las entrevistas preliminares han comenzado a producir efecto, toda clase de cosas llegan burbujeando a la superficie, y nada produce más satisfacción que contárselas al amigable analista. Comenzamos la sesión con algunos comentarios introductorios y pasamos al tema que querernos analizar. Pero apenas comenzamos a hablar del tema, Lacan se levanta de la silla de repente y declara terminada la sesión. Y lo hacía sin consideraciones, con una total falta de esos buenos modales a los que estábamos acostumbrados. Cuando termina, termina, sin reclamo, ni retroceso, ni revisión o reconsideración. Lo que quede por decir tendrá que esperar. El final de la sesión era como un despertar abrupto, como si nos arrancara de un sueño. Una persona lo comparó con el coitus interruptus.”
[…]
Dicho esto, conviene aclarar que no puede haber verdadero análisis ni, en consecuencia, progreso en la cura, sin acto analítico. Y sin que por tanto se ponga en juego algo del creador, del modisto por así decir, que hay en cada analista. Por modesto que sea.
No se conduce una cura sin que se actualice, de alguna manera, la sorpresa por lo inaugural de esa transferencia al psicoanálisis que se lee en lo que estos textos tienen de testimonio.
El problema para nosotros es entonces: esta transferencia, ¿cómo causarla? Y, una vez obtenida, ¿cómo sostenerla en su inconfort, sin dimisiones?
Cuestiones que no podernos soslayar, si queremos evitar el destino de protocolo que nos aguarda…”
Aromí, Anna. “El analista Lacan y la sesión breve”.
Revista El Psicoanálisis nº 6, 2003, pp. 46-48.
“La formación lacaniana nos enseña a dar un valor de verdad al vacío dejado por la interrupción del discurso. El corte de la sesión hace de das Ding un signo. A la ignorancia del sujeto causada por el significante de la transferencia, a su no saber su color a la vista del discurso del Otro, la llamamos inconsciente. Y puesto que el psicoanalista no tiene nada que dar en la sesión como no sea el espacio negativo del amor de transferencia, el tiempo se abre después de la sesión. Ahí se obtiene el don del discurso psicoanalítico, hecho vivo por la presencia del psicoanalista en futuro anterior.
El acto del analista descompleta el síntoma para permitir la creación en la que el sufrimiento (displacer, acción en contra de la utilidad en la búsqueda del placer, pérdida de goce, de tiempo, de vida) pasa a significante. El superyó no está, como intuyó magistralmente Melanie Klein, en la posición de servidumbre del sujeto respecto del significante, sino en la sujeción a un objeto éxtimo en el Otro y del que se puede esperar todo: invención y destrucción, vida y muerte, locura, es decir, amor, es decir, signo más allá del sentido.”
Vicens, Antoni. “Tiempo de inconsistencia”.
Revista El Psicoanálisis nº 6, 2003, p. 70.
“La entrada en análisis. El analizante entra con una creencia que lo compromete en la vía del sentido. “Eso quiere decir algo” implica la instauración de la transferencia, el “Sujeto supuesto Saber”, según el algoritmo de 1967. El saber supuesto de los significantes inconscientes se reduce a la significación del referente aún latente. La suposición es precisamente esa creencia que animará al analizante en su trabajo analítico, es decir, una intención de significación.
Si la interpretación posibilita la instauración de la transferencia es porque la primera es una escansión que provoca la emergencia de sentido o significación. Es entonces cuando se produce la creencia en un inconsciente como ya escrito. Esta creencia será abonada por la repetición, el “no cesa de escribirse”.”
Paskvan, Estela. “Los tiempos del sentido”.
Revista El Psicoanálisis nº 7, junio 2004, p. 7.
El síntoma en la experiencia analítica
“Para que un síntoma sea analizable es necesario creer en él, es necesario creer que tiene un sentido, que quiere decir algo. Sólo así, dando sentido a una práctica que es de goce, un síntoma puede convertirse en analítico. Sólo entonces un sujeto que experimenta su síntoma como un disfuncionamiento, un disfuncionamiento que encierra un sentido enigmático a descifrar, puede ir a la búsqueda de la figura de un Otro del saber para resolverlo.
El síntoma se transformará así en una supuesta manera de hablar, en palabra supuesta, en sujeto supuesto saber. El algoritmo de la transferencia en tanto suposición de saber se pone en acción. El acto del analista en cada cura, en el umbral de cada análisis que emprende, es el de autorizar la creencia en el síntoma y la suposición de saber que éste conlleva. Es así como se entra en la dimensión del amor al saber de la transferencia.
[…]
El “es… que” abarcaba mi dimensión sintomática: la duda, la procrastinación, las dificultades con el saber, es decir, la vertiente de mi impotencia, aquello que era del orden del disfuncionamiento, lo impracticable. La interpretación del analista produjo un vaciamiento de sentido, introdujo la pregunta por la causa y la satisfacción que permitió la apertura de la vía del desciframiento. Fue la creencia en el síntoma, la creencia de que había un goce en juego, lo que permitió el anudamiento del síntoma al inconsciente, instalándose así la suposición de saber, es decir, un sujeto supuesto. El síntoma empezó a analizarse en la experiencia a partir de su envoltura formal, es decir, a partir de su puesta en forma significante, pero teniendo en cuenta también, de entrada, su vertiente de satisfacción.
Esta interpretación orientó mi cura y se fue modulando, declinando, a lo largo de mi análisis, trazando un arco que iría del inicio al final de la cura. El trayecto de la cura podría decir que fue del “es… que…”, de la impotencia de la entrada, al “sé que” conclusivo de la imposibilidad. Se abría así la puerta a un sujeto que sería llamado a advenir allí donde ello era. “Sé que…”, un lugar, el lugar de un saber sin sujeto, el lugar de la pulsión o del sinthome en términos de Lacan.”
Esqué, Xavier. “El síntoma como funcionamiento”.
Revista El Psicoanálisis nº 7, julio 2004 , pp. 12-14.
“En su Seminario 23 Le Sinthome Lacan decía que “a fin de cuentas, no tenemos sino eso como arma contra el síntoma: el equívoco”.
Esthela Solano establece que “si la interpretación analítica opera solamente por la vía del equívoco, libera el síntoma, puesto que, por esta vía, lo real del síntoma se demuestra por no tener ya sentido”.
Tal como concluye Leonardo Gorostiza. Se abre para el sujeto “la posibilidad de acceder a esos significantes sin-sentido que marcaron su existencia y develar cuál es su forma singular de gozar —no regida por el mercado— para hacerse responsable de ello”. Para Miller “se abre la vía a otra manera de vivir la vida”.
Pundik, Juan. “Efectos de las intervenciones del analista en entrevistas
preliminares”. Revista El Psicoanálisis nº 8, marzo 2005, p. 36.
“Por eso un analista, que se pretenda heredero de Freud y de Lacan, no debería estar mal situado respecto a su política, porque encuentra en el síntoma el modo de como el sujeto se las arregla con lo real, que la actual semblantización del mundo pretende anular. Quizás por ello cada vez más las falsas ciencias están empeñadas en hacer desaparecer el síntoma, pulverizando las estructuras y proscribiendo hasta los nombres de la gran clínica.
[…]
Frente a las actuales políticas del síntoma, basadas en la banalización de la castración, el síntoma es fuente de aprendizaje para el analista: de ahí puede aprender cómo el sujeto ha hecho frente a la emergencia de lo real del goce, como ha cifrado ese goce, y cómo para ello, ha recurrido al Otro para darle un sentido. El cifrado del síntoma es el nombre que tiene en cada sujeto la política del goce.
[…]
Es lo que J.-A. Miller dice de una manera taxativa: “No me parece difícil la pregunta ¿qué constituye el lazo social en su conexión con el síntoma? La resuelvo suprimiendo la conexión. Considero que el lazo social es el síntoma”. Y añade: “En el sentido de lo que llamaba partenaire-síntoma, si se plantea una exterioridad entre el lazo social y el síntoma, nunca se saldrá de allí. Hay que cortar y decir: el lazo social es el síntoma.”
Fernández Blanco, Manuel. “Política, lazo social y síntoma”.
Revista El Psicoanálisis nº 8, marzo 2005, pp. 17-18.
“En esa tela se recortan la marca traumática, la interpretación del inicio que anudó el síntoma analítico y la transferencia’, los puntos donde la represión se ha levantado y los bordes del desconocimiento de un real fuera de sentido. Esta historia orientada por el síntoma se agota en su relato para dejar un resto que da cuenta de una pragmática y de la ética consecuente. Por eso es necesario un tiempo de conclusiones después del pase clínico. Es un tiempo didáctico que marca el pasaje del no saber hacer del pathos al savoir y faire con el síntoma. Es un cambio en el funcionamiento, lo que quiere decir redistribuciones libidinales, cambio de registro del malestar al placer. La idea de que hay que velar por ese funcionamiento porque hay una tendencia que insiste no ha sido abordada por ningún pasante.”
Tizio, Hebe. “Enseñanza del pase”.
Revista El Psicoanálisis nº 8, marzo 2005, pp. 37-38.
“El síntoma es conservador, repite como algo necesario y el analista debe intervenir ahí para revolucionar esa política tan conservadora haciéndolo creador de una nueva función. Dejarlo que se repita sin cesar alimentándolo de sentido, es hacer política de analista, es hacer ideología estructuralmente impotente para darle una salida airosa. Política del síntoma es más cosa de maña que de fuerza.
La política del síntoma es una política contra el síntoma mismo, un reventarlo desde dentro de sí mismo, que pretende que entregue su secreto y pueda reconvertirse en ese sinthoma con el que hay que arreglárselas en la vida.
La política del síntoma lleva la miopía de la transferencia y el astigmatismo que dice equívocamente a una hipermetropía que mira bien a lo lejos, porque lo que tiene como meta es la formación del analista y la conclusión de la cura.”
Castro, Eugenio. “La política del síntoma es la del analista”.
Revista El Psicoanálisis nº 8, marzo 2005, pp. 50-51.
“El psicoanálisis sin embargo no trata el síntoma corno un problema, sino como una cuestión clínica. Cuestión que consiste en cómo sustituir el goce autístico en él incluido, por un efecto de significación en el que la división tenga cabida.
Para ello se requiere de una doble operación.
Primero un tiempo preliminar donde en el lugar del síntoma salvaje se incluya un Otro, imprescindible para que el síntoma deje de bastarse, dispuesto a aludir que en la repetición hay la presencia de algo a entender.
Ahora bien, esta modalidad de inclusión no puede hacerse por la vía del sentido, ha de hacerse por la del equívoco, pues sino se corre el riesgo de un nuevo cierre con reiterados acting-outs y pasajes al acto.
Se trata, como dice Miller de “hacerse agente de una mutación de sentido que pueda incidir en lo real que el sujeto ignora”. Para lo que hace falta la experiencia de la enunciación, “del tono, la voz, el gesto o la mirada”.
Podemos apreciarlo en el efecto de apertura y cuestionamiento que supuso para un sujeto dipsomaníaco, el recorte por parte del analista de una palabra de su relato, “chinchón”.
El sujeto pasó de un discurso sobre su alcoholismo y otras adicciones, que comenzaron en la adolescencia con consumos compulsivos de Chinchón, que es el nombre de un licor (un anís), a chinchón, el que se dedica a chinchar, a fastidiar a los demás con palabras hirientes y bromas pesadas, como un nombre de ser, como un síntoma que ahora le hace pregunta. Puesto que tal actividad, que recuerda comenzó con su participación en actos de la extrema derecha sólo para fastidiar a su madre simpatizante de izquierdas, le produce un fuerte placer pero no menos malestar, ya que a menudo se le escapa de las manos con escenarios de agresividad y soledad que le conducen reiteradamente a la práctica adictiva.
Esta orientación clínica que desea ser aplicada al síntoma, se aleja del “hablando todo se cura”, ya que la palabra en análisis no está del lado de la comunicación, ni de la completud, es una experiencia de la falta en ser.”
Díaz Massó, Eugenio. “Invariables del síntoma en el psicoanálisis,
en la ciencia y en las clínicas contemporáneas”.
Revista El Psicoanálisis nº 8, marzo 2005, p. 67.
“Lo real del síntoma es el sentido, y eso es lo que hay que reventar, ahí se juega la partida. ¿Con qué armas? “Sólo tenemos eso como arma contra el síntoma: el equívoco, pues solo por el equívoco opera la interpretación”.”
Galarraga, Gabriela. “Psicoanalistas armados merodeando lo real”.
Revista El Psicoanálisis nº 8, marzo 2005, p. 74.
“El psicoanalista, con los medios propios del dispositivo, tiene la posibilidad de ponerla en juego por la vía de la transferencia, e introducir algo del orden de la falta, en un “preliminar a todo tratamiento posible” de la anorexia y de los síntomas contemporáneos.”
Meyer, Constanza y Sobral, Graciela. “Frente a la anorexia, una política
de la falta”. Revista El Psicoanálisis nº 8, marzo 2005, p. 83.
“Estas circunstancias determinan inexorablemente las nuevas formas del malestar, las manifestaciones actuales del síntoma y en consecuencia las nuevas demandas dirigidas al otro de la ciencia. Lo que dificulta la instalación de la transferencia y la constitución del sujeto con relación a la estructura del lenguaje, del decir de su ser y su representación en el campo del significante. ¿Para qué buscar el saber en el otro, si el sujeto lo tiene servido a través de los medios y de los objetos de la técnica (prensa, televisión, Internet, telefonía móvil, etc.)?”
Rivas Padilla, Enrique. “Abordaje psicoanalítico de los nuevos síntomas
y formas del malestar contemporáneo. El psicoanálisis aplicado a la terapéutica”. Revista El Psicoanálisis nº 8, marzo 2005, p. 88.
“Pero también vemos como para otros adolescentes ese malestar no se deja focalizar y aparece de forma desordenada invadiendo el conjunto de su vida, toda su conducta. Muchas veces sin conciencia mórbida (tornan la forma de un carácter “natural y propio”) ese malestar implica acciones externas, con incidencia en su entorno y al igual que el síntoma conllevan una satisfacción —en este caso ligada directamente a la acción que reemplaza al síntoma— aunque ésta sea ignorada.”
Ubieto, José Ramón. “Un pasaje adolescente: del espectáculo al síntoma”.
Revista El Psicoanálisis nº 8, marzo 2005, p. 103.
“Entonces, las consideraciones que he debido saltar conducían a una inversión de lo que decimos tradicionalmente: el sujeto supuesto saber es pivote de la trasferencia. Me parece que el último Lacan dice otra cosa, dice lo contrario: la transferencia es soporte del sujeto supuesto saber. Dice más bien que lo que hace existir el inconsciente como saber es el amor.”
Miller, Jacques-Alain. “Una fantasía”.
Revista El Psicoanálisis nº 9, noviembre 2005, p. 19.
“Bilbao es un síntoma con una ciudad a su alrededor. El síntoma tiene la forma indescriptible del objeto G: El Guggenheim. Es el punto G de la ciudad.”
Laurent, Éric. “Conferencia de Bilbao”.
Revista El Psicoanálisis nº 9, 2005, p. 20.
“En muchos casos se trata de conseguir en un tiempo breve que esas exigencias tomen un valor simbólico, o también, se trata de obtener un consentimiento del sujeto al deseo, un condescender el goce al deseo. A veces, es suficiente que se establezca esa relación de amor que es la trasferencia, con otro que puede mostrarse castrado, para que la pulsión encuentre su circuito.”
Cuñat, Carmen. “¿Cuándo decimos que es suficiente?”.
Revista El Psicoanálisis nº 9, 2005, p. 133.
“El discurso del Amo dice que hay que suprimir, anular el síntoma sin dejar espacio a la pregunta sobre su causa. El sujeto queda abolido y no se hace responsable sobre su propio goce. Sabemos sobre la insistencia de los síntomas y por eso planteamos al síntoma como eje de la práctica psicoanalítica, que se dirige a lo real del síntoma, del síntoma concebido como lo más propio del sujeto.”
Davidovich, Marta y otros. “¿Cuándo podemos decir que un efecto terapéutico rápido es efecto de discurso analítico?”.
Revista El Psicoanálisis nº 9, noviembre 2005, p. 137.
“El sujeto que llega al análisis es presa del automatón, de su enlace alienatorio, y es por ello que, desde el inicio, el analista juega su partida a partir del desenlace, es decir, encarnando lo que corta.”
Fernández Blanco, Manuel. “El nombre de Padre: necesario pero insuficiente”.
Revista El Psicoanálisis nº 9, noviembre 2005, p. 169.
“La modernidad hace objeción a la suposición de saber, o sea, al amor. El sujeto moderno no se presenta tanto bajo la forma de un querer saber lo que le pasa; se presenta más bien perturbado por el goce.”
Dhéret, Jacqueline. “Sobre la utilidad pública del psicoanálisis”.
Revista El Psicoanálisis nº 10, junio 2006, p. 33.
“La puesta en forma de la envoltura formal del síntoma, su desciframiento significante produce una ganancia sobre la represión, el síntoma pasa así a la representación, de esta manera se obtiene un saber sobre la verdad que esconde. Es la vertiente terapéutica del síntoma. Pero al mismo tiempo se recorta el goce que no responde al significante, se aísla lo incurable, la raíz del síntoma se cierne en su valor de letra.”
Esqué, Xavier. “Creer en el sinthome”.
Revista El Psicoanálisis nº 10, junio 2006, p. 45.
“Estos nuevos sujetos que acuden y acudirán a los CPCT son, para emplear el término de J.-A. Miller, semantófobos, encarnando ese sinsentido que los acerca tan peligrosamente a lo real. Y dicho esto podemos preguntarnos: ¿de verdad podemos pensar que estos sujetos podrían acercarse al psicoanálisis si antes no “probasen” su sabor terapéutico?”
Fernández Blanco, Manuel. “Los CPCT”.
Revista El Psicoanálisis nº 10, junio 2006, p. 62.
“Ante este panorama la práctica lacaniana espera producir “nuevos síntomas” para lograr que se cifre el goce opaco de los síntomas contemporáneos. Se trata de una práctica que considera las invenciones del sujeto y que produce nuevos síntomas que cumplen una función de nominación.
La orientación lacaniana frente a los nuevos síntomas no es la de una terapéutica del lado de la higiene social, sino que se trata de poder establecer, antes que su curación, cuál es la función del síntoma.”
González, Julio. “Angustia y desamparo”.
Revista El Psicoanálisis nº 10, junio 2006, p. 118.